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Capítulo 1

Yo, la ladrona número uno del sector, fui puesta bajo una orden de "busca y captura" en internet por un jefe de la mafia al que nunca había visto. El cargo: haber rechazado su propuesta de matrimonio. Como venganza, le robé su reliquia familiar. Luego me fui a una discoteca, pedí al acompañante masculino más caro y me lo disfruté por completo. A la mañana siguiente, cuando quise marcharme, fui detenida por el hombre más solicitado del club. —A la reliquia y a mí ya nos has comprobado, ¿quedaste satisfecha? Con la reliquia de mi enemigo ya en mis manos, por supuesto que necesitaba celebrarlo. Me quité la pijama y me cambié a un vestido blanco ceñido, combinado con unos labios rojo fuego. Tarareando una melodía, entré en el club privado de lujo más caro de toda la ciudad. Las luces del local mareaban. En el otro extremo de la barra estaba sentado un recién llegado: cabello negro, camisa negra, hombros anchos y unas piernas larguísimas. Qué raro; con lo bien que me llevaba con el dueño, ¿cómo no me había avisado que había llegado una mercancía tan buena? Tal vez porque mi mirada era demasiado descarada, giró la cara y su nuez se movió ligeramente. Justo en ese instante, mi corazón se saltó un latido. Maldita sea, se parecía demasiado. Se parecía a aquel perro callejero medio muerto que recogí hace tres años, en un muelle, durante una noche de lluvia. Quién sabía cuánto tiempo habría estado tirado allí, sangrando bajo el aguacero; su cuerpo estaba tan frío que daba miedo. Apreté los dientes y me lo llevé a casa; lo metí en la cama y usé mi propio cuerpo para darle calor. Aquella noche nos enredamos y nos abrazamos, como si fuéramos verdaderos amantes. Pero al día siguiente desapareció, dejándome solo unos cuantos billetes, como si aquella relación pudiera tasarse con un precio bien definido. Esa noche el destino me daba la oportunidad de atrapar a alguien que se le parecía; tenía que devolvérselo con un precio igualmente claro. Le hice un gesto con el dedo a aquel hombre y señalé la figura de espaldas. —Ese, el de la camisa negra. ¿Cuánto cuesta? Ponle precio. Por la cara del hombre pasó una expresión extraña, como de sorpresa. O como de… ¿reverencia? ¿Sería que el precio del acompañante era tan escandaloso que temía que no pudiera pagarlo? —Date prisa, ¿o quieres que vaya a quejarme con tú jefe? —Volteé los ojos. No se atrevió a preguntar más y se dio la vuelta para irse. No pasó mucho tiempo antes de que aquella figura de espaldas se moviera. Se dio la vuelta y caminó hacia mí. La luz era demasiado tenue; no podía ver bien su cara, solo sentía que era muy alto y que imponía una presión abrumadora. Se detuvo frente a mí, y su sombra me cubrió por completo. —¿Me elegiste? —Su voz era muy grave, con un magnetismo particular que rozó mis tímpanos. —Sí, a ti. Alcé la cabeza y, aprovechando la luz mortecina, lo examiné. La línea de la mandíbula era afilada; la curvatura de los labios, fría. Aunque no pudiera verlo por completo, daba la sensación de que era caro. Extendí la mano; con el índice, un poco inestable, toqué ligeramente su pecho. —Esta noche, acompáñame. Guardó silencio unos segundos. Aquellos ojos ocultos en la penumbra parecieron posarse en mi cara durante largo rato. Luego asintió. —Será un honor, señora.
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