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Capítulo 5

Pasaron algunos días. Aunque la muñeca aún estaba en proceso de recuperación, Malena no quería seguir encerrada en casa. Justo coincidió con una gala benéfica a la que había sido invitada, así que decidió asistir, arreglada con esmero. Llevaba un vestido largo palabra de honor, que resaltaba su piel blanca como la nieve y delineaba una figura elegante y sinuosa. En cuanto apareció, atrajo de inmediato todas las miradas. Con una copa en la mano, se quedó sola en un rincón. Un joven visiblemente ebrio se le acercó, recorriéndola con una mirada lasciva: —Mira, ¿no es la famosa belleza Malena? Tomar sola debe ser aburrido. ¿Qué tal si te hago compañía con un par de copas? Extendió la mano, intentando rodearle la cintura. La mirada de Malena se enfrió. Estaba a punto de esquivarlo y darle una lección cuando. De pronto, una mano apareció desde un costado y le sujetó con fuerza la muñeca al muchacho, arrancándole un grito de dolor. —Lárgate. Dos palabras, bajas y gélidas. Malena alzó la vista y vio a Raúl a su lado, sin haberse dado cuenta de cuándo había llegado. Vestía un traje gris; su rostro era apuesto y severo. Miraba al joven con una frialdad intimidante. El muchacho lo reconoció. El alcohol se le evaporó de golpe. Se disculpó atropelladamente y salió huyendo. Raúl sacó un pañuelo y se limpió la mano, como si hubiera tocado algo sucio. Malena lo miró sin sentir el menor agradecimiento, solo fastidio. —Tu sentido de la justicia está por las nubes. —Dijo con ironía. —Pero no necesito que me ayudes. Puedo arreglármelas sola. El movimiento de Raúl al limpiarse la mano se detuvo un instante. La miró con indiferencia: —Te equivocas. Solo no soporto ese tipo de comportamiento. Seas tú u otra persona, habría intervenido igual. Dicho esto, pareció no querer quedarse más tiempo y se dio la vuelta para marcharse. Malena observó su espalda y torció los labios. Seguía siendo el mismo, tan altivo como siempre. No se dio cuenta de que, no muy lejos, Verónica observaba la escena con una mirada sombría. A mitad de la velada, Malena sintió el aire del salón cargado y salió al balcón para tomar un poco de aire fresco. La brisa nocturna era fresca y alivió algo de su irritación. Apenas llevaba un momento allí cuando oyó pasos detrás de ella. Verónica la había seguido. En su rostro se mantenía la expresión dulce de siempre, pero en sus ojos brillaba un veneno evidente. —¿No aprendiste la lección la última vez? —Dijo con voz suave, pero afilada. —¿Y todavía vienes a seducir a Raúl? ¿Crees que, si discuto con él, tendrás tu oportunidad? Malena ni siquiera quiso mirarla: —¿No será que tu paranoia necesita tratamiento? ¿Él merece que yo lo seduzca? Soy guapa, tengo buena familia, y hay demasiados hombres detrás de mí. ¿Crees que voy a recoger lo que tú desechas? No... lo que tú tratas como un tesoro no es más que basura. —¡Tú...! —Verónica se puso roja de rabia. Malena no quiso seguir perdiendo el tiempo con ella y se dispuso a abandonar el balcón. Justo cuando pasó a su lado, Verónica vio aquel rostro hermoso y deslumbrante bajo la luz de la luna, como si se burlara de ella. Los celos y el odio arrasaron con su razón. —¡Muérete! Extendió el brazo de golpe y empujó a Malena con todas sus fuerzas. Malena estaba de espaldas y no tuvo tiempo de reaccionar. Perdió el equilibrio y cayó por encima de la barandilla del balcón. La sensación de ingravidez la envolvió. Solo pudo lanzar un grito ahogado antes de que su cuerpo se precipitara al vacío. El balcón estaba en el tercer piso; no era una altura extrema, pero abajo había suelo de cemento y arbustos. ¡Bang! El cuerpo cayó pesadamente. Un dolor atroz la invadió y la conciencia se le desdibujó al instante. Antes de perder el sentido, alcanzó a oír el grito aterrorizado de Verónica desde el balcón y el caos en el salón: —¡Algo terrible pasó! ¡Alguien se cayó! —¡Llamen a una ambulancia! ¡Intento de homicidio! ... Malena despertó de nuevo en el hospital. Le dolía todo el cuerpo, sobre todo la espalda y la pierna izquierda. Intentó moverse y descubrió que tenía la pierna enyesada. Los recuerdos regresaron de golpe: Verónica la había empujado. La furia le subió a la cabeza. Malena se apoyó para incorporarse; tenía que ir a buscar a Verónica y ajustar cuentas. La puerta de la habitación se abrió y Raúl entró. Su semblante no era bueno. Al verla despierta, su mirada se volvió compleja. Se acercó a la cama: —¿Cómo te sientes? El médico dijo que tienes la pierna izquierda fracturada y contusiones en la espalda. Necesitas reposo. Malena ignoró su preocupación. Lo miró fijamente; su voz estaba ronca, cargada de odio: —Quiero ver a Verónica. Raúl frunció el ceño: —No fue intencional. Al verme ayudarte, se puso celosa y actuó impulsivamente. Ya se ha dado cuenta de su error y está muy arrepentida. Haré todo lo posible por compensarte... Malena soltó una risa amarga; el pecho le subía y bajaba con violencia: —¿Compensarme? ¿Cómo? ¡Me empujó desde un tercer piso! ¡Casi me mata! ¿Crees que unas palabras bastan para borrar eso? —Entonces, ¿qué quieres? —Raúl la miró con expresión sombría. Malena respondió con claridad absoluta: —Verónica me empujó del balcón e intentó matarme. Quiero que ella experimente la misma caída desde la misma altura... O que vayas a la policía y la denuncies por intento de homicidio.

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