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Capítulo 4

La gran torre de champán apenas había llegado hasta la mitad cuando el champán que Clara vomitaba ya salía mezclado con hilos de sangre. Un denso sarpullido de manchas rojas le invadió la piel, como si una multitud de hormigas la estuvieran royendo. Forzó los párpados hinchados a abrirse y vio, llegando con retraso, a Carlos Fernández y a Rosa Vargas. Se sentía tan mal que apenas podía soportarlo, la conciencia ya se le nublaba y, de manera instintiva, abrazó las piernas de sus padres biológicos, queriendo que la salvaran. —Pa... pá... Ma... má... Pero Carlos y Rosa no la oyeron con claridad; al notar que alguien se les colgaba de las piernas, le dieron una patada para zafarse, y se encaminaron sonrientes hacia Lucía. —Llegamos tarde porque había trancón en el camino, lo sentimos, Lucía. ¿Por qué estás llorando? ¿Pasó algo? La patada le provocó a Clara un dolor agudo en el pecho y se estrelló de frente contra la torre de champán. Al segundo, más de cien copas cayeron al suelo con estrépito y se le vinieron encima, haciendo saltar trozos de cristal por todas partes. Su cuerpo quedó surcado de incontables cortes ensangrentados, y el dolor la hizo gritar. Lucas le lanzó una mirada feroz y se inclinó hacia ella con una sonrisa helada. —Lo hiciste a propósito para librarte del alcohol, ¿verdad? Clara negó con la cabeza desesperadamente, pero él actuó como si no viera nada, recogió un trozo de cristal y se lo clavó de golpe en la palma de la mano. El dolor le atravesó todos los nervios; en su cara brilló una profunda mueca de sufrimiento y se mordió los labios hasta sacar sangre. Sus alaridos resonaron en el salón, sin disiparse durante mucho tiempo. El escozor punzante, el dolor que le carcomía los huesos y una náusea y un mareo interminables la asaltaron al mismo tiempo. La dejaron sin fuerzas para sostenerse y la conciencia se le fue alejando poco a poco. Antes de perder el conocimiento, la última escena que alcanzó a ver fue a los tres miembros de la familia Fernández rodeando a Lucía, haciendo todo lo posible por hacerla reír. Alejandro, molesto por el ruido, le cubrió suavemente los oídos... No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente; cuando volvió en sí, Clara descubrió que estaba en un hospital. Permaneció ingresada tres días y la habitación estaba vacía; nadie fue a verla. Solo Elena hizo una llamada telefónica para consolarla con unas pocas palabras cálidas. —Clara, ¿últimamente te has sentido maltratada? No te lo guardes en el corazón, tienes que contármelo. Beatriz me salvó la vida, y es costumbre en mi familia devolver los favores. Pase lo que pase, haré que Alejandro reconozca lo buena que eres y te acepte. La futura esposa de mi nieto solo puedes ser tú. Al oír aquel tono bondadoso y dulce, a Clara se le encogió el corazón y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sabía que Elena lo decía de buena fe, pero ella ya había decidido irse y tenía intención de contarle a Elena sus verdaderos pensamientos. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, al otro lado del teléfono se escucharon unas cuantas toses. Dudó un momento y, al final, no quiso preocupar a Elena, que vivía en un sanatorio, y solo le recordó que cuidara de su salud. Tras colgar, fue a tramitar el alta del hospital. Apenas llegó a la puerta, vio a Alejandro esperándola fuera. En su cara no se reflejaba emoción alguna y su voz sonó dura y fría. —Ven conmigo. Antes de que Clara entendiera qué estaba pasando, él ya la había llevado casi a rastras hasta el auto. Durante toda la mañana, él la llevó de compras por el centro comercial, luego almorzaron y, al final, fueron incluso al cine. Mientras hacían fila para entrar en la sala, le llegó una llamada; cuando terminó de atenderla, su expresión se ensombreció. —¿Qué clase de truco has usado para que la señora Elena te quiera tanto? Clara acababa de oír la voz de Elena y, entonces, comprendió que él había sido obligado. Quiso irse, pero al pensar en la tos de Elena, al final se contuvo. La película duraba noventa minutos, y Alejandro miraba la hora en el celular cada cinco minutos. La pantalla que se encendía una y otra vez hizo que la gente de alrededor empezara a quejarse en voz baja. Clara tiró levemente de las comisuras de los labios y murmuró: —¿Te resulta tan insoportable estar conmigo? La persona a su lado no respondió. Al terminar la proyección, la multitud se agolpó hacia la salida. Había una tienda que tenía un carrito haciendo una promoción, y Clara, que no se fijó, casi se chocó contra él. Al verlo, Alejandro, sin saber ni él mismo por qué, la sujetó de un tirón. Clara aún no había reaccionado cuando oyó a su espalda la voz de Lucía, entrecortada por los sollozos parecía estar hasta el punto de temblar. —Álex, dijiste que hoy estabas ocupado, ¿era porque estabas teniendo una cita con ella? Ambos se giraron al oírla y solo alcanzaron a ver a Lucía alejándose entre lágrimas y, a un lado, la cara pálida de Lucas. La cara de Alejandro cambió al instante; empujó con fuerza a Clara a un lado y echó a correr tras ella. Lucas también le lanzó una mirada feroz y salió corriendo detrás. Clara, en el suelo, miró la mano con la piel raspada y dejó escapar un leve siseo de dolor. Tardó un rato en reponerse antes de incorporarse poco a poco y salir. Nada más llegar al borde de la acera, vio a Lucía, que lloraba hasta quedarse sin voz, rodeada por los dos hombres, que no paraban de consolarla. Por mucho que ellos se disculparan, Lucía no escuchaba ni una palabra y, al final, apartó a Alejandro de un empujón y salió corriendo. Al mismo tiempo, un auto se abalanzó contra ella. En aquel momento, Lucas, sin pensarlo, la empujó hacia un lugar seguro. Pero él, al no lograr apartarse a tiempo, fue arrollado por el auto y salió despedido algunos de metros más allá. Con un golpe seco, la sangre tiñó de rojo los adoquines. Clara tampoco había esperado que algo así ocurriera y se quedó paralizada. Media hora más tarde, un médico salió a toda prisa de la sala de urgencias con las manos cubiertas de sangre. —El paciente está sufriendo una hemorragia masiva y, además, es Rh negativo. El banco de sangre del hospital no tiene suficiente, ¡¿qué hacemos?! Alejandro recordaba vagamente que Clara también tenía ese grupo sanguíneo y, sin poder evitarlo, se alegró de haberla arrastrado hasta allí; enseguida le sujetó la muñeca. —Tú también tienes este tipo de sangre, ¿verdad? Al oírlo, Lucía palideció aún más y preguntó, fuera de sí: —¿Por qué tú también tienes este tipo de sangre? Clara guardó silencio. Recordaba sobre todo que, en su vida anterior, la razón por la que Lucía había descubierto que ella era la hija biológica de la familia Fernández había sido precisamente que su grupo sanguíneo era igual que el de Lucas. Pero Alejandro no le dio más vueltas al asunto y, de forma instintiva, dio la orden: —Ya que también eres Rh negativo, date prisa y dona sangre para Lucas. —No puedo donar. Clara lo rechazó en el acto. Alejandro se llenó de furia y su voz se volvió fría como la escarcha. —¿Por qué? Clara lo miró fijamente y apretó suavemente los labios. En su interior, explicó en silencio la razón. No era por ningún otro motivo. Era porque ella y Lucas eran hermanos biológicos. Y familiares directos no podían donarse sangre.

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