Capítulo 18
María apenas rozó con la yema de los dedos la zona inflamada y ardiente en la mejilla de Diego.
—¡Tss!
Su inhalación de dolor fue leve, pero bajo la luz la hinchazón se veía aún más alarmante.
—Vamos al hospital.
—Es un rasguño, no hace falta.
Diego levantó la mano para tocarse la cara, pero María se la apartó de un manotazo.
Ella apretó su muñeca con fuerza. —¿Se ve así y dices que no pasa nada? Sube al auto.
Su auto estaba aparcado justo en la esquina.
Diego fue prácticamente empujado hasta el asiento del copiloto.
—No hace falta ir al hospital, de verdad. Ya me encargo yo cuando llegue a casa.
—Dije que vamos.
Diego se calló al instante. Sus ojos no dejaban de desviarse hacia ella.
Los dedos de María estaban firmes alrededor del volante; cuando el semáforo se puso en rojo, estiró la mano y rozó con suavidad su mejilla.
—¿Duele mucho?
Su voz se suavizó.
La nuez de Diego se movió; de pronto, la zona herida pareció dejar de doler.
Negó con la cabeza, la mirada fija en la cara de ella.

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