Capítulo 6
A las nueve de la noche, ella llegó puntualmente.
Se quedó de pie en la entrada de la casa antigua; en su hombro izquierdo se distinguía vagamente el contorno de una venda de gasa.
Roberto se hizo a un lado para dejarla pasar.
El rostro de Gisela estaba sereno, sin mostrar alegría ni enfado alguno.
Al final fue Roberto quien habló primero.
—Tu herida...
—¿Cómo te metiste con esa gente?
No había terminado de hablar cuando fue interrumpido.
Roberto se tragó la segunda mitad de su preocupación y su voz se volvió más apagada.
—Gustavo le debía dinero a unos usureros; no podía desentenderme.
—No vuelvas a hacer eso.
El tono de Gisela se volvió algo severo.
—Si te enredas con ese tipo de gente, no solo dañas tu reputación; si el rumor se extiende, también afectará a la cooperación entre ambas empresas.
Aquellas palabras fueron como hielo y escarcha, cubriendo al instante el poco calor que se había filtrado en el corazón de Roberto por la protección que ella le había brindado durante el día.
Resultó que no se preocupaba por él.
Se preocupaba por el impacto en la cooperación, por la reputación.
Roberto esbozó una sonrisa amarga y no dijo nada.
Gisela sacó una tarjeta negra del bolsillo de su gabardina y se la tendió.
—Si te falta dinero, dímelo; no hace falta que te mezcles con esa clase de gente.
La superficie de la tarjeta estaba helada; Roberto no la tomó.
Gisela se la colocó directamente en la mano.
—Tómala. La deuda de Gustavo no puedes pagarla tú solo.
Roberto miró la tarjeta en la palma de su mano y, de pronto, le pareció irónico.
La señorita Gisela, desde luego, era generosa en su forma de actuar.
Pero lo que él quería nunca había sido eso.
—Esta noche tenemos una cena con gente de tu empresa.
Gisela miró el reloj.
—Arréglate y ven conmigo.
Una hora después, en el reservado del restaurante.
Gisela y David estaban sentados juntos.
Eugenia los acompañaba junto con varios altos cargos de la empresa; Gustavo también estaba presente.
La mesa estaba llena de platos exquisitos, y Eugenia sonreía mientras le servía té a David.
—El señor David junto a la señorita Gisela, de verdad, son una pareja hecha en el cielo.
David sonrió; su mirada recorrió brevemente a Roberto y volvió a posarse en el rostro de Eugenia.
—Eugenia exagera. Por cierto, he oído que el proyecto de su robot de limpieza es muy interesante; cuando estaba en la universidad también participé en investigaciones del estilo.
Los ojos de Eugenia se iluminaron.
—¿De verdad? ¿El señor David también sabe de esto? ¡Qué talento y qué buena presencia! Ojalá nuestra empresa tuviera a alguien como usted.
Roberto bajó la mirada y, en silencio, siguió comiendo.
Gustavo no pudo evitar intervenir.
—Eugenia, el algoritmo central de ese robot lo desarrolló Roberto, liderando al equipo durante tres meses de noches en vela; él...
—Solo fue suerte.
Eugenia lo interrumpió con una risa ligera.
—El equipo lo llevaba de la mano; él no era más que quien ejecutaba. ¿Cómo va a compararse con el señor David, que desde pequeño ha visto mundo y posee auténticos conocimientos?
Luego se volvió hacia Gisela y sonrió.
—La señorita Gisela y el señor David son realmente una pareja perfecta. Un genio de los negocios y un talento tecnológico; los hijos que tengan en el futuro seguro serán pequeños prodigios.
Las mejillas de David se sonrojaron ligeramente y lanzó una mirada a Gisela.
Ella dejó los palillos y habló con frialdad.
—Por favor, no hablemos de asuntos ajenos al trabajo.
El desagrado en su tono era muy evidente.
La sonrisa de David se quedó rígida en su rostro.
Eugenia, avergonzada, guardó silencio, y el ambiente en la mesa se volvió algo tenso.
Durante la segunda mitad de la cena, David casi no habló.
Al terminar, no esperó a Gisela y se marchó primero, llevando su bolso.
Gisela se levantó de inmediato y salió tras él.
Roberto también tomó su abrigo y se dispuso a marcharse.
Pero en la entrada del restaurante vio a esas dos personas.
En la noche, Gisela sujetó la muñeca de David y le dijo algo en voz baja.
David, de espaldas a Roberto, tenía los hombros temblando ligeramente.
Luego Gisela extendió los brazos y lo abrazó.
Se puso de puntillas y lo besó.
A lo lejos, las luces de un auto pasaron, iluminando aquel beso.
E iluminaron también la mirada que David lanzó a Roberto al girar el rostro.
Satisfacción, provocación.
Roberto se quedó de pie en el mismo lugar y, de repente, lo entendió todo.
David lo sabía todo.
Sabía del pasado entre él y Gisela, sabía de su existencia, cómo actuar frente a él.
Y también conocía cómo hacerlo sufrir.
Se dio la vuelta para marcharse cuando, justo entonces, Gustavo salió del restaurante.
—¡Roberto, espérame!
La voz sonó especialmente clara en la noche silenciosa.
Gisela se giró de golpe.
Sus miradas se cruzaron.
Por su rostro pasó un destello de pánico inesperado.
Roberto, en cambio, apartó la mirada con calma y le dijo a Gustavo.
—Vámonos.
Ambos tomaron un taxi y se fueron.
En el retrovisor, Gisela seguía de pie en el mismo lugar; su figura se hacía cada vez más pequeña en la noche.