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Capítulo 5

A los pocos días llegó el decimoctavo cumpleaños de Rocío. Mi padre le organizó una fastuosa ceremonia de mayoría de edad, empujándola oficialmente al círculo de las grandes familias. —Esta es mi hija menor más querida; antes estuvo recuperándose fuera por motivos de salud… Papá te desea de corazón que, a partir de ahora, todo te vaya bien, con salud y felicidad. Rocío se conmovió hasta las lágrimas y, como un pajarillo que vuelve al nido, se lanzó a sus brazos. Yo, en cambio, reconocí de un solo vistazo que la corona que llevaba en la cabeza era la que mamá había preparado para mi ceremonia de mayoría de edad cuando yo cumplí dieciocho años. Aquel padre y esa hija resultaban, de verdad, repugnantemente nauseabundos. Varias amigas de Rocío se me acercaron a propósito, con sarcasmo y burlas. —Hay personas que llegan a estar tan desquiciadas que ni siquiera están dispuestas a acoger de vuelta a su propia hermana menor; ¿y todo por qué? Pues por miedo a que les repartan la herencia. —Rocío ya lo dijo: su enfermedad no era tan grave; fue esa hermana heredera la que no la quería, por eso no se atrevía a volver a casa. —Hay quien reconoce el dinero pero no a las personas; a ver si no te da miedo que la señora Norma, por su hija, te haga vivir con el corazón en la mano todos los días. ¡ah! Antes de que terminara de hablar, le devolví una bofetada de lleno, acallando las inmundicias que aún no había llegado a soltar. —¡¿Te atreves a pegar a alguien?! Gritaron y, aun sabiendo que no tenían la razón, no se atrevieron a devolver el golpe. Las aparté de un empujón y caminé directamente hasta Rocío, que vestía un traje de princesa, pura y distinguida. Bajé la voz y le susurré al oído. —No esperaba menos de la hija de una bailarina de club nocturno; incluso las artimañas para disputarse el favor ajeno son tan rastreras. —Tratas como un tesoro la corona que yo ya llevé; tú y esa madre tuya están destinadas a no pisar jamás un escenario digno. Me miró con la respiración agitada, clavándose las uñas con fuerza en la palma. Y cuando me di la vuelta para marcharme, salió apresurada tras de mí. —¿Aún no lo sabes? Papá ya decidió dejarme volver al Grupo Brisa; ¡a partir de ahora me quedaré a su lado aprendiendo bien! —Mamá también se mudará pronto; en el futuro, la familia Romero seremos nosotros tres. ¡La perra sin hogar serás tú! —¿No te apoyas solo en la identidad de tu madre? ¡Hace tantos años que murió, con qué derecho eres más noble que yo! Apretaba los dientes; aquella expresión venenosa y llena de celos no tenía nada que ver con su apariencia habitual. Luego, a propósito, me tiró del brazo y dijo: ¿Por qué mi hermana me empuja? Acto seguido, se giró y se lanzó de repente a la piscina. Reaccioné con rapidez: agarré su brazo y la devolví a la orilla y, al mismo tiempo, aprovechando el impulso, dejé que mi propio cuerpo cayera al agua. —¡Amelia! El agua helada me cubrió al instante; en el último destello de mi visión vi a Roberto correr hacia mí, con el pánico reflejado en los ojos. El agua otoñal estaba terriblemente fría; un dolor punzante, como de agujas, me atravesó el bajo vientre, y mis pantorrillas se agarrotaron de repente por la presión del agua. El instinto de supervivencia me hizo pedir ayuda de forma inconsciente: —Roberto, sálvame… Al mismo tiempo, Rocío, ya en la orilla, se llevó la mano al pecho; el rostro se le puso rojo y empezó a llorar, jadeando como si no pudiera respirar. Los pasos de Roberto se quedaron clavados en el sitio; al final, derrotado por las lágrimas de Rocío, me gritó entre dientes: —¡Nada tú sola! Se dio la vuelta y subió corriendo a buscar el inhalador para Rocío. No sabía que los sirvientes de la familia Romero ya habían sido alejados por Rocío. Yo no tenía fuerzas; solo pude debatirme a duras penas en el agua helada, dejando que la desesperación y la soledad me envolvieran. En el último instante antes de perder la conciencia, pensé en la miserable forma en que había muerto en mi vida anterior. Una vehemente ansia de sobrevivir estalló entonces; mordí con todas mis fuerzas la punta de mi lengua y luché hasta arrastrarme fuera del agua. Al mismo tiempo, aquella vida unida a la mía por la sangre se transformó en un torrente carmesí que brotó violentamente de entre mis piernas. —¡Zorra, muérete! De pronto apareció en la puerta un hombre armado con un cuchillo; con el rostro desencajado, se abalanzó hacia Rocío y hacia mí. No había nadie a nuestro alrededor; en la urgencia, Rubén no tuvo más remedio que mostrarse y correr instintivamente a proteger a Rocío. Pero, en el movimiento, me lanzó a mí, ya exhausta, contra la daga que brillaba con un frío resplandor. Con un puf sordo, vi estallar la flor de sangre en mi bajo vientre. Los invitados que llegaron corriendo también se asustaron y comenzaron a gritar. —¡La señorita Amelia está sangrando, llamen a un médico! —¡¿Por qué no hay sirvientes?! —¡¿Le provocó un aborto?! ¡¡La mitad inferior del cuerpo está cubierta de sangre!! Por fin llegaron los criados y redujeron al hombre en el suelo. A mí me subieron a una ambulancia para recibir atención de urgencia. Justo cuando la puerta estaba a punto de cerrarse, vi a Roberto bajar apresuradamente las escaleras con el inhalador en la mano. Sonreí con desenfreno, mientras las lágrimas caían sin control. Roberto, Rubén. No volveremos a vernos jamás. La ambulancia dio un brusco volantazo y se alejó a toda velocidad. Al mismo tiempo, Roberto, al mirar la silueta del vehículo perdiéndose en la distancia, sintió de pronto en lo más hondo del corazón un presentimiento extremadamente ominoso…

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