Capítulo 21
De noche, Salomé regresaba a casa cuando una ráfaga helada la estremeció. Se encogió, subió el cuello del abrigo y una sensación ominosa la obligó a acelerar el paso.
De pronto, una sombra negra salió disparada desde un callejón y le cubrió la boca y la nariz. No alcanzó a pedir ayuda: la oscuridad la engulló por completo.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya se encontraba en un sótano en penumbras.
Castillo estaba sentado en el sofá, mirándola fijamente.
El corazón de Salomé dio un vuelco. Retrocedió con cautela, alerta.
—¿Qué pretendes hacer?
Castillo se acercó a ella y apoyó con fuerza un pie sobre su muslo.
—¿Te atreviste a ponerle las manos encima a Amaya, y todavía mandaste a otros a mancillarla?
Salomé negó con la cabeza de forma frenética.
—No sé de qué estás hablando. Lo único que sé es que Amaya se acostó con otros hombres por su cuenta. No tiene nada que ver conmigo.
Castillo aplastó con el pie el dorso de su mano. El grito desgarrador de Salomé resonó por todo el sótano.
Acto

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