Capítulo 8
Al volver al dormitorio, saqué el celular y abrí el chat con Leo.
El último mensaje seguía siendo aquel mío, frío como el hielo: [Tíralo].
Deslicé hacia arriba. Estaba su pregunta: [¿Aún quieres el regalo de Nochebuena?].
Más arriba, él preguntándome qué iba a cenar.
Incluso, medio año atrás, un enlace que me había enviado con una guía de viaje.
Con los dedos temblorosos, mantuve presionado su avatar y lo bloqueé.
Pasaba días y noches en el taller: pan cuando tenía hambre, la mesa cuando me vencía el sueño.
Dejé de hacer esas figuras humanas delicadas.
En su lugar, comencé a usar chatarra y varillas de acero para crear cosas afiladas, fragmentadas, rotas.
Tenía las manos llenas de cortes, pero no sentía dolor. Tal vez porque ya había pasado por lo más doloroso.
Lia vino varias veces; le hablaba a través de la puerta, pidiéndole estar sola.
Ella suspiraba, dejaba la comida y se iba.
Pero no fue la única.
—Iris, abre la puerta. Sé que estás ahí.
Era la voz de Leo, ronca, cargada de furia

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