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Capítulo 7

María volvió a despertar en la cama de la habitación. Giró el cuello con rigidez; el incienso calmante sobre la mesilla aún no se había consumido por completo y, a un lado, había también un caramelo que le gustaba. María apretó los labios y esbozó una sonrisa amarga. ¿No la acusaban de ser inmadura? ¿No le reprochaban haber herido a Carmen? Entonces, ¿por qué seguían ocupándose de ella? Al segundo siguiente, la puerta del dormitorio se abrió y Alejandro entró con el medicamento en la mano. Al ver a María con los ojos abiertos, se quedó inmóvil un instante y suspiró, sin dejar traslucir emoción alguna. —María, ya lo sé todo. Alejandro le acercó con destreza la cuchara a la boca; ella la rechazó, y aun así él no se molestó. —Fui yo quien olvidó decirle a Carmen que eres alérgica a los gatos. Pero Carmen dijo que, al entrar en pánico, la empujaste y cayó por las escaleras; no te culpa. —María, te amo, pero también juré que la protegería. No me pongas en una situación difícil. María no pudo evitar soltar una risa. Desvió la cabeza y, con terquedad, clavó la mirada en sus ojos. —Alejandro, deja de engañarte. ¿De verdad haces todo esto solo por una promesa? Le plantó el celular delante de la cara a Alejandro; en sus ojos brotaba una ira desbordada. —Este collar es la única reliquia que me dejó mamá. ¿Por qué lo tiene Carmen? Su voz tembló levemente, cargada de furia. —Alejandro, sabes lo valioso que es para mí. ¿Acaso incluso esto pretendes que lo ceda? El ambiente cayó de pronto en un silencio absoluto; al ver a Alejandro callado, María lo comprendió todo. Al instante siguiente, sin previo aviso, alzó la mano y lanzó con todas sus fuerzas un golpe hacia la mejilla de Alejandro. Pero… la cachetada no cayó como había imaginado. Alejandro levantó ligeramente la mano y, con suma facilidad, inmovilizó la de María en el aire. Frunció apenas el entrecejo, dispuesto a decir algo, cuando unos pasos lo interrumpieron. —Señorita María, Alejandro. Desde fuera de la puerta, Carmen aún estaba pálida. Se cubrió la boca y tosió suavemente un par de veces, con los ojos enrojecidos, a punto de llorar. —Lo siento, no sabía que era una reliquia de la madre de la señorita María. Apretó el labio inferior e intentó avanzar, pero, por la debilidad de su cuerpo, dio un traspié y cayó en brazos de Alejandro. —Ese collar… ayer, en un descuido, el gato lo tomó con la boca y lo tiró al estanque de afuera. Carmen mostró una expresión de arrepentimiento; sin embargo, desde un ángulo que Alejandro no podía ver, lanzó a María una mirada desafiante, con un deje de burla apenas perceptible en sus palabras. —Allí todo es agua corriente; si no vamos a buscarlo ahora, quién sabe adónde habrá sido arrastrado. Antes de que terminara de hablar, el semblante de María se ensombreció por completo. Apretó los dientes y fijó la mirada en Carmen, quien fingía inocencia; la noticia de la pérdida del collar estalló en su mente. Sin darles tiempo a reaccionar, María se incorporó con brusquedad y, sin importarle el frío cortante, se lanzó sola a la piscina. Era pleno invierno; el agua del estanque estaba mezclada con trozos de hielo y resultaba insoportablemente fría. María tembló de frío, pero aun así apretó los dientes y palpó a su alrededor en el agua, buscando a tientas. En la orilla, la mirada de Alejandro era compleja. —¡María, sal! Con el semblante sombrío avanzó, se inclinó y le agarró el brazo con brusquedad, intentando sacarla. —¡Estás embarazada! Al segundo siguiente, su mano fue sacudida con violencia y apartada. Alejandro apretó con fuerza los labios finos y miró aquella figura obstinada en la piscina; en sus ojos se agitaba la ira, pero también se ocultaba un atisbo de dolor. Entrecerró los ojos con fastidio y, sin decir nada más, se dispuso a entrar al agua para sustituirla. —Alejandro. De pronto, junto a su oído se oyó la débil y extenuada llamada de Carmen. —Alejandro, tengo frío; me duele mucho el cuerpo. Se mordió el labio y llevó la mano al brazo que se había raspado al caer por las escaleras, deteniendo en el último momento el paso de él hacia adelante. Al cabo de un rato, María por fin encontró el collar y, empapada y hecha un desastre, salió a la orilla. Actuó como si las dos personas frente a ella no existieran; apretó con fuerza el collar recuperado y se marchó directamente. —Te lo mereces. Al pasar junto a Carmen, un sonido apenas audible, como un susurro, penetró con precisión en su oído. María alzó la mirada con agudeza y se encontró de frente con los ojos burlones de Carmen. —Lo tiré a propósito; las cosas de los muertos solo traen mala suerte. Desde un ángulo que Alejandro no podía ver, Carmen no ocultó en absoluto la malicia en sus ojos; sus labios se movieron imperceptiblemente, burlándose en silencio. En un instante, una ira desbordante estalló en la mente de María. Casi de un tirón, agarró el hombro de Carmen y, con todas sus fuerzas, la arrojó a la gélida piscina. —¡Ah…! Ignorando los gritos de la mujer y los reproches airados del hombre que resonaron a su espalda, María enderezó la espalda y se marchó sin volver la cabeza. La noche fue cerrándose poco a poco, y en la villa solo quedó María. Al mirar la información del visado que acababa de recibir en el teléfono, los labios rojos de María dibujaron una leve curva. Ordenó con rapidez todas sus cosas, y su mirada acabó deteniéndose en aquel falso certificado de matrimonio y en el informe de aborto. El movimiento de María se detuvo; tras un largo momento, soltó una ligera risa de alivio. Los arrojó despreocupadamente sobre el sofá, como si se deshiciera de algo sucio. Después de dejarlo todo hecho, se dio una palmada en las manos, se dio la vuelta y se marchó. En ese mismo momento, en el hospital. Alejandro, con paciencia, consiguió dormir a Carmen; se frotó las sienes doloridas y, al levantarse, cerró la puerta y se fue. Fuera de la habitación, una irritación inexplicable lo invadió; de manera instintiva sacó el celular y llamó a María. Tuu… tuu… Del auricular llegó el tono de línea ocupada. Alejandro arrugó ligeramente la frente; no tuvo tiempo de pensarlo cuando un médico lo llamó. —¿Señor Alejandro? —la mirada del médico se posó en él, mezclada con un dejo de pesar. —¿Se siente mal la señorita María? Se detuvo un instante, suspiró y le dio una palmada en el hombro a Alejandro. —Sobre lo del niño… les damos nuestro pésame. Pero por ahora, lo más importante es cuidar bien el estado emocional de la señorita María. —¿Qué ha dicho? ¿Quién ha tenido un aborto? Al escuchar las palabras de consuelo del médico, el semblante de Alejandro se ensombreció de inmediato. Sus pupilas se contrajeron bruscamente, como si acabara de oír un chiste absurdo. —La señorita María, claro. Anteanoche se desmayó sola en la calle y unas personas de buen corazón que pasaban por allí la trajeron a nuestro hospital. El médico mostró una expresión de duda; con el rabillo del ojo miró el nombre de Carmen en la puerta de la habitación e, incómodo, se rascó la cabeza. —Señor Alejandro, ¿acaso no fue usted quien trajo a la señorita María? En un instante, las sienes de Alejandro comenzaron a palpitar con violencia. Como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado, dio medio paso atrás, tambaleándose; incluso su mirada empezó a vacilar. Imposible; tenía que ser María haciendo un berrinche, aliada con el médico para engañarlo. No podía creerlo; tenía que preguntárselo a ella en persona. En el momento en que ese pensamiento surgió, Alejandro sintió como si hubiera agarrado el último salvavidas. Ni siquiera esperó al chófer: pisó el acelerador a fondo y regresó a casa a toda velocidad. En la entrada de la villa. Alejandro miró la puerta familiar y, en su interior, surgió inesperadamente un rastro de temor. Tenía miedo, miedo de escuchar una respuesta desfavorable de boca de María. Sin embargo, en el instante en que empujó la puerta, el interior estaba desoladamente silencioso. Alejandro alzó ligeramente las cejas; una inquietud atravesó su corazón. —¿María? La llamó con cautela, pero no apareció aquella figura que imaginaba. Con el entrecejo profundamente fruncido, recorrió con la mirada cada rincón de la villa, hasta que finalmente se detuvo en el sofá del salón. Aquel falso certificado de matrimonio con el que María lo había confrontado yacía abandonado, solitario, sobre el sofá. Alejandro apretó los labios finos y dio unos pasos más cerca; en la punta de sus dedos había un temblor casi imperceptible. Junto al falso certificado de matrimonio, estaba aquella hoja que él no había logrado ver con claridad. Era el informe del aborto de María…

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