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Capítulo 2

Al final, mis padres se quedaron para convencerme. —¿Por qué no vuelves con nosotros a Venturis? No era la primera vez que intentaban persuadirme para que regresara. Me senté desganada a un lado y levanté la cabeza, encontrándome con las miradas llenas de esperanza de mis padres. Ellos eran los fundadores del bufete de abogados más importante de Venturis, y fue por su influencia que decidí convertirme en abogada. Originalmente, planeaban que, al crecer, me formara dentro del despacho familiar, pero durante mis estudios de posgrado conocí a Manuel y lo seguí a Miraflores. Él provenía del campo, pero detestaba que la gente mencionara a su familia acomodada. Por eso, durante cinco años, jamás le conté cuál era mi origen. Para él, yo también era alguien del campo. Durante esos cinco años, pasé de ser una joven abogada a alguien con cierta fama. Manuel y yo ganamos el bono del bufete tres años seguidos. Todos nos llamaban, entre risas, "la pareja ideal". Nuestra vida iba cada vez mejor. Pensaba que ya no le importaría, pero nunca encontré el momento adecuado para contárselo. Mientras pensaba en eso, solté un suspiro. Al final, ya no haría falta decírselo. —Está bien, acepto, ustedes ganan. Los ojos de mis padres brillaron y me apretaron las manos con fuerza. —¡Bien hija! Te vamos a comprar un pasaje. ¡No dejaremos que sigas aguantando más en este lugar! Después de acomodar a mis padres, regresé a casa. Misma que seguía igual de fría y silenciosa que siempre. Preparé un plato de pasta sin muchas ganas y, al abrir Twitter, vi que Adriana había hecho una nueva publicación. En la foto aparecía ella con ropa deportiva ceñida al cuerpo, posando junto a Manuel. Su actitud era bastante íntima. [Logré sacar a Manuel, que se va a casar, para jugar un partido. Se molestó un poquito, pero le dije que después iríamos a comer a mi casa y enseguida se puso contento, jaja]. Después de leer esa publicación, no pude evitar hacer una arcada. Sabía que esta noche él no volvería, igual que tantas veces en el pasado. Por suerte, nunca registramos nuestro matrimonio, así que ya no tendría que seguir cediendo ni soportando más. A la mañana siguiente, con el equipaje ya preparado, fui al bufete para presentar mi renuncia. Como siempre había tenido un buen rendimiento, mi jefe trató de retenerme. Estábamos conversando cuando vi a Manuel entrar con unos documentos en la mano. Desvié la mirada hacia él y noté la marca de un beso en su cuello, además del olor a duraznos que lo envolvía. Era evidente que había pasado una noche muy satisfactoria. Antes, a él no le gustaba que dejara marcas en su cuerpo, decía que afectaban su trabajo. Por eso, incluso en los momentos de pasión, yo me contenía al máximo o me aferraba a las sábanas. Pero ahora lo entendía: no era que no quisiera marcas, simplemente no quería que las dejara yo. Apenas entró, el jefe suspiró y le habló. —Qué bueno que llegas, trata de convencer a tu novia. Quiere renunciar. ¿Ustedes se pelearon? —No tiene nada que ver con él. —¿Vas a renunciar? Dos voces se escucharon al mismo tiempo. Por el rabillo del ojo vi cómo su mirada se clavaba en mí, con los labios ligeramente apretados. —Entonces era verdad, estas molesta porque ayer cancelé la boda a último momento, ¿verdad? Al ver la tensión, el jefe se retiró voluntariamente, dejándonos el espacio. En cuanto se cerró la puerta, él se acercó para cuestionarme. —Ya te dije que la cancelé porque Adriana se lastimó la pierna. ¿Por qué eres tan rencorosa? Intenté mantenerme tranquila, levanté la mirada y mentí. —No estoy molesta. Renuncio porque estoy cansada y quiero tomarme unas vacaciones para descansar. Él cruzó los brazos y arrugó la frente, confundido. —Si querías vacaciones, podrías haber pedido tu permiso anual. Renunciar así solo hará que la gente piense que estás celosa de Adriana. ¿Cómo se supone que ella, siendo mujer, va a seguir trabajando aquí con tranquilidad? Él lo olvidó. Este año ya había agotado mis vacaciones, gastándolas en cada una de las bodas que él canceló. Pero lo único que le preocupaba era cómo estaría Adriana en el bufete. Sentí una tristeza inundar mi corazón. Volví a fijar la mirada en la marca de beso en su cuello, sin decir una palabra. Él se dio cuenta y, de manera instintiva, se cubrió el cuello. —Eso solo fue una picadura de mosquito, no pienses mal. Me sorprendió un poco que, en lugar de discutir conmigo como solía hacerlo, esta vez tratara de explicarse. Solo que la excusa era demasiado torpe, aunque antes probablemente le habría creído. Asentí con la cabeza, sin decir nada. Manuel suspiró aliviado, creyendo que ya se me había pasado el enojo. Sonrió y rodeó mis hombros con el brazo. —Así me gusta. Una gran abogada debe ser magnánima. —No renuncies, ¿sí? Esta noche te llevaré a cenar al restaurante Rosa del Viento, ¿te parece? Considéralo una forma de compensarte. Seguía sin decir nada, y él interpretó mi silencio como una aceptación. La intención que tenía de despedirme bien de él, la reprimí con fuerza. En ese momento decidí que ya no quería contarle que me iba a Venturis. —¡Manuel! Adriana abrió la puerta sin tocar. Manuel, sobresaltado, me soltó de inmediato. Adriana sonrió, algo avergonzada. —Perdón por interrumpir, pero no me quedó de otra. Este caso no lo entiendo muy bien... Al escucharla, Manuel se dirigió hacia ella sin siquiera mirarme, tomó los documentos que tenía en la mano y bajó la cabeza para preguntarle pacientemente en qué parte tenía dudas. Adriana se le acercó intencionalmente, muy cerca, y los dos comenzaron a discutir en voz baja justo frente a mí, creando una especie de barrera invisible. Después, Adriana lo tomó del brazo y salieron. Justo antes de cerrar la puerta, ella se dio vuelta y me lanzó una sonrisa desafiante. El portazo resonó. En la habitación vacía solo se oía el sonido de mi respiración. Un segundo después, el brazalete de jade en mi muñeca cayó al suelo y se rompió en pedazos. Sin razón aparente. Fue el regalo que Manuel me dio en nuestro primer aniversario de novios. En ese entonces, me dijo que deseaba que nuestra relación fuera tan completa como ese brazalete, y que durara toda la vida. Guardé silencio por un buen rato. A pesar del dolor de los cortes en la piel, recogí los fragmentos uno por uno, y junto con los últimos rastros de nostalgia entre nosotros, los arrojé al basurero.

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