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Capítulo 4

Rosa se sobresaltó y, por instinto, quiso salir del paso. —Abuela, yo... —No me mientas. —La mirada de la anciana era suave, pero penetrante—. Estoy vieja, pero no ciega. En estos últimos seis meses... No has sido feliz, ¿verdad? Sus dedos se tensaron ligeramente. —Francisco fue malcriado por sus padres. Desde niño le daban todo lo que quería, y ya de adulto, la vida también le sonrió. Solo sufrió durante esos años en que la familia se fue a la quiebra. Pero ese sufrimiento... Lo pasaste tú con él. —La abuela suspiró—. Él cree que todo se lo merece, que tú siempre vas a estar ahí esperándolo. —Abuela... —murmuró Rosa, sin saber qué decir. —No tienes que decir nada. —La abuela negó y sacó una cajita de detrás de ella, poniéndola en las manos de Rosa—. Desde las primeras veces que viniste, lo presentí, aunque no imaginé que sería tan pronto. Este es un regalo que preparé para ti. Ábrelo. Dentro había un collar de jade, tallado con la forma delicada de un tallo de bambú. Bajo la luz, brillaba con un resplandor cálido y suave. —Es demasiado valioso, abuela. No puedo aceptarlo. —Tómalo. —La abuela sostuvo su mano con firmeza—. Pensaba dártelo cuando te casaras con Francisco, pero ahora... prefiero entregártelo antes. —Todos estos años has aguantado demasiado. Esa frase hizo que las defensas de Rosa se derrumbaran por completo. Todos decían que, cuando apostó todo su patrimonio para apoyar a Francisco, había tomado la decisión más acertada de su vida. De no ser así, una chica común como ella jamás habría tenido oportunidad con un hombre aristocrático como Francisco, ni en esta vida ni en las siguientes. Hasta ella misma, a veces, se confundía, preguntándose si no debería sentirse profundamente agradecida, si no debería estar completamente satisfecha con lo que tenía ahora. Solo la abuela materna de Francisco, hoy, en la víspera de su decisión de marcharse, fue quien le confirmo lo que ella llevaba pensando hace un tiempo: "Todos estos años has aguantado demasiado". Resulta que su sufrimiento... Sí había sido visto por alguien. Resulta que esas noches de espera, esas ilusiones rotas una y otra vez, ese esfuerzo que se daba por sentado... No eran señales de que fuera codiciosa ni desagradecida. Rosa bajó la cabeza. Lágrimas silenciosas cayeron sobre las manos entrelazadas de ambas. —Abuela —dijo con la voz entrecortada—. Gracias. "Gracias por ver mi dolor". Rosa se quedó un rato más en la pequeña sala de su abuela. No se despidió hasta que logró calmar por completo sus emociones. Abrazó a la anciana que le había brindado el último calor en su vida, y luego se dio la vuelta para adentrarse en el corredor. La finca era muy grande. Al principio recordaba el camino por el que había llegado, pero, sumida en sus pensamientos, tomó un desvío sin darse cuenta. Cuando fue consciente de ello, ya se encontraba en un pasillo desconocido. Desde una puerta entreabierta más adelante se oía la voz de una mujer. Rosa pensó en acercarse a preguntar el camino, pero al aproximarse se dio cuenta de que quien hablaba era Susana. —¿De verdad piensas casarte con ella? ¿Y yo qué? ¡Ve ahora mismo a decirle a la señora Norma que estabas bromeando, que no te vas a casar con Rosa...! Rosa se detuvo en seco. No tenía intención de espiar, y justo cuando se disponía a irse, escuchó la voz de Francisco. —Susana, lo que siento por Rosa... —¿Sentir? ¡Francisco, tú no sientes nada por ella! —La voz de Susana se elevó con una mezcla de rabia y burla. —¿Por qué estuviste con ella en primer lugar? Fue porque yo te rechacé, y tú, lleno de resentimiento, fuiste corriendo tras ella... Esa chica buena que siempre te sigue a todas partes, que va a donde le llames. ¿No fue solo para vengarte de mí? —Pero dime, ¿acaso lograste engañarla... o te estás engañando a ti mismo? ¡Hasta su aniversario tenía que recordártelo! Ese collar que le regalaste fue uno que compraste cuando elegías un obsequio para mí, y que el vendedor te recomendó. ¡Lo compraste por impulso! ¿A eso le llamas amor? Así que era eso. Resulta que incluso el regalo "recordado" de aniversario no había sido más que un acto al azar. Resulta que el amor al que ella se había entregado por completo había nacido de un capricho, de un arrebato, de una simple conveniencia. Debería haberse sentido devastada. Pero, en lugar del colapso que había imaginado, lo que sintió fue una lucidez helada. Era como si hubiese estado flotando en agua tibia, envuelta en una ilusión cálida, hasta que alguien la arrancó de golpe y la lanzó a un viento gélido. El frío la paralizó, pero al fin pudo ver con claridad: todo ese "calor" no era más que una ilusión alimentada por su propio deseo. Rosa curvó apenas los labios. La discusión dentro continuaba. Susana insistía sin tregua, y los intentos de Francisco por calmarla eran débiles e ineficaces. Rosa alzó la mano y golpeó suavemente la pesada puerta de madera con los nudillos. Tres veces. Ni muy fuerte, ni muy suave. Las voces se callaron de inmediato. Ella empujó un poco la puerta, dejando una rendija abierta, y habló con cortesía. —Disculpen, ¿podrían dejar la discusión para después? Hizo una pausa y alzó la mirada, su vista pasando por encima de Francisco, que se tornó pálido al instante, y deteniéndose brevemente en Susana, cuyos ojos estaban enrojecidos por la rabia y la sorpresa. —Es que no encuentro el camino hacia el salón principal.

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