Capítulo 65
Los tres secuestradores compraron abundante comida y también herramientas para la huida. Aparcaron el auto y, al empujar la puerta para entrar, uno de ellos gritó alarmado: —¡No! Jefe, los dos niños han desaparecido. —El hombre del brazo tatuado apartó a los otros dos de un empujón y se lanzó hacia delante. Giró la cabeza y miró el taburete que había bajo la ventana, deduciendo al instante que los dos niños habían escapado trepando por allí.
Otro de los secuaces preguntó: —Jefe, ¿qué hacemos?
El hombre del brazo tatuado agitó la mano con brusquedad. —Vamos, salgamos a buscarlos. Aquí no hay ni un alma. No hemos estado fuera mucho tiempo; esos dos niños no pueden haber ido muy lejos.
Los tres se dieron la vuelta, salieron y comenzaron a buscar por separado.
Ramón y Laura se escondían en el pozo. Sintieron que alguien se acercaba; los pasos estaban cada vez más cerca. Los dos hermanos se abrazaron con nerviosismo. Si volvían a ser capturados, ambos sabían que sus posibilidades de sobrevi

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