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Capítulo 7

Sergio levantó la cabeza y vio que Manuel estaba absorto en el trabajo; bajó la voz y compartió un chisme con Federico. —Manuel me llamó anoche y me pidió que hoy le buscara una casa a Antonia para que se mudara desde el hotel, y que no volviera a la empresa hasta dejarlo todo arreglado. —Si tú de por sí no tienes nada que hacer en todo el día. —Federico, ese no es el punto, ¿vale? —No entendía por qué todo el mundo se metía con él. —Lo de Manuel huele a regreso de viejos sentimientos. Estar con dos mujeres a la vez no es propio de él; si de verdad revive la antigua relación, entonces la señora Sara estará en peligro, y lo más probable es que acaben divorciándose. —¿No será para tanto? Llevan casi tres años casados. Manuel seguro que siente algo por la señora Sara. Apostemos. —No apuesto contigo. —¿¡Por qué!? —Sergio lo increpó airado; sin darse cuenta, elevó la voz y, de lo exaltado que estaba, incluso se puso de pie. Pensó que Federico se estaba poniendo del lado de Antonia y se enfadó muchísimo. —Si van a seguir aquí, guarden silencio; si no, lárguense y hagan lo que tengan que hacer. No me estorben aquí. Manuel, al verlos cuchichear cabeza con cabeza, se sentía ensordecido; ni podía echarlos ni se iban. De verdad le daban ganas de mandarlos a África. —¡Federico, ¿por qué no apuestas conmigo?! —Al oír que Manuel empezaba a enfadarse, Sergio se sentó de inmediato; aun así, no se rindió y volvió a preguntarle a Federico por qué no apostaba con él. Había decidido ayudar a Sara a ganarse apoyos. —Porque yo soy como tú; ¿apostar para qué demonios? —Ah, Federico, entonces tú también te has dado cuenta de que Manuel sí siente algo por la señora Sara, ¿verdad? Lo sabía, no me equivocaría. —Hasta un tonto lo ve, y más aún tú. —Entonces, ¿por qué Manuel fue al aeropuerto a recoger a Antonia, le arregló un hotel y ahora le está buscando casa? —¿Cómo voy a saber yo qué piensa Manuel? En cuestiones sentimentales, quizá Manuel sea de verdad peor que un tonto. … —¡Federico, ¿de verdad vas a hablar así de Manuel?! Aunque yo también lo pensaba; al fin y al cabo, era el único aspecto en el que Federico reconocía que yo era mejor que Manuel. Je, je. Así, los dos se quedaron merodeando por la oficina de Manuel, sin hacer absolutamente nada productivo. —Federico, ¿estás muy libre últimamente en la sección de entretenimiento? Aún no te he pasado la factura por la noticia de la última vez; ¿qué tal si te aumento proyectos y vas a echar una mano con Rafael? —Manuel, hoy de verdad tenía un descanso poco común y justo me topé contigo. La noticia de la otra vez no fue culpa mía; los paparazzi estaban apostados allí y, además, retiré todas las publicaciones en cuanto pude, limpio, sin dejar ni rastro —dijo Federico, bastante orgulloso. —Manuel, hoy ya terminé lo mío. Te encontré la casa y hasta te dejé hecha la mudanza. Je, je, je. —Sergio se apresuró a manifestarse para demostrar que sí había estado trabajando. Manuel miró a aquellos dos caraduras imposibles de razonar y se quedó sin palabras; decidió que lo mejor sería salir del trabajo e irse directo a casa. Ojos que no ven, corazón que no siente. Sergio vio a Manuel levantarse, coger el abrigo y prepararse para salir, y lo siguió de inmediato. —¿Manuel, ya sales del trabajo? ¿Vuelves a casa? Vamos juntos, vamos juntos. Manuel se detuvo y los miró a ambos siguiéndolo. Habló con cautela. —Yo vuelvo a casa; ¿ustedes dos por qué me siguen? —¿Federico y yo podemos ir esta noche a tu casa a aprovechar la cena? Hace tiempo que no comemos la comida de la señora Sara. —Sergio sonrió con cara aduladora, mirando a Manuel. —No. —Manuel se negó de inmediato; jamás había visto a alguien con la cara tan dura. —¿Por qué no? No es que fuéramos a comer lo que tú cocinas. Ahora mismo llamo a la señora Sara —dijo Sergio y, sin más, sacó el celular y marcó. Manuel no tuvo tiempo de detenerlo. Sara vio la llamada de Sergio y pensó que le pasaba algo a Manuel, así que contestó enseguida. —Hola, Sergio, ¿le pasa algo a Manuel? ¿Ha vuelto a beber? —Manuel, al oír que la primera reacción de Sara al teléfono era preocuparse por él, suavizó un poco el gesto. —Manuel está bien, señora Sara. Federico y yo estamos en la empresa; se nos hizo tarde y queríamos volver con Manuel a cenar. Manuel no está de acuerdo, así que llamé directamente para preguntarle a usted. —Manuel está bromeando con ustedes. ¿Ya salieron? Justo estaba a punto de empezar a cocinar. —Acabamos de salir. No hace falta preparar mucho, no comemos tanto. Con unas patatas picantes ya me basta. —Yo quiero albóndigas fritas —se apresuró a añadir Federico. Estos dos no tuvieron ningún reparo y se pusieron a pedir platos directamente. Manuel le arrebató el teléfono de inmediato. —No les prepares nada; con una olla de sopa para ellos es suficiente. —Y colgó. —Manuel, no seas tan tacaño; no es que vayamos todos los días, como mucho dos o tres veces al mes. La comida de la señora Sara es de verdad deliciosa, uuuh, uuuh, uuuh. —Sí, Manuel, solo vamos a comer; en cuanto terminemos nos vamos, no los estorbaremos en su mundo de esposos —dijo Federico, sin miedo a morir. —¿Tengo que darles las gracias por no haberlos mandado directamente a vivir con nosotros? —preguntó Manuel con la mirada sombría. —¿Puedo mudarme a vivir con ustedes? Entonces me mudo a la urbanización de Manuel; mañana mismo miro si hay alguna casa en venta. —Al oírlo, Sergio creyó de verdad que Manuel lo estaba invitando a vivir allí. Vivir juntos no era muy posible, pero vivir en la misma urbanización sería más cómodo, ¿no? —Si te atreves a mudarte aquí, mañana mismo te mando a África. Así no volverías en un año o año y medio. —Manuel lanzó el ultimátum. —Lo decía por decir, Manuel. Tampoco me vendría bien mudarme, je, je. La lógica mental de Sergio era digna de admiración; admiración por su valentía. Federico guardó silencio; en momentos así, cuanto más se dice, más errores se cometen; con tal de tener algo de comida casera, bastaba. Mientras hablaban, los tres se dirigieron al ascensor para ir al aparcamiento. Como Sergio y Federico habían venido en sus propios autos y pensaban conducir por su cuenta, los tres, con tres autos, se encaminaron juntos hacia la villa de Manuel. … Los tres llegaron casi al mismo tiempo, aparcaron y entraron. Sara había calculado el tiempo a la perfección: justo acababa de cocinar la última sopa y la estaba llevando a la mesa. —Ya llegaron; justo a tiempo para cenar —saludó Sara con una sonrisa a Sergio y a Federico. —Señora Sara, antes incluso de entrar por la puerta ya olía la comida —dijo Sergio mientras se lanzaba hacia la mesa. Al mirar, vaya sorpresa: todo era lo que le gustaba. La cuñadita no solo había hecho patatas picantes, albóndigas fritas, pescado a la parrilla y sopa de pollo, sino también varios platos fríos. De verdad, una mesa llena: ocho platos y una sopa. —Es demasiado abundante. Qué lástima que Rafael y Juan no puedan comer esto —dijo, y estiró la mano para arrancar un trozo de carne y llevárselo a la boca. Mientras comía, no dejaba de elogiar la mano de Sara en la cocina. —He hecho un poco de cada cosa; no hay mucha cantidad. Probad todos. La próxima vez llamenlos y vengan juntos; entonces cocinaré un poco más para todos. —Suficiente, suficiente —dijo Sergio, y aun quiso alargar la mano para agarrar más; Manuel le dio un manotazo y lo detuvo—. Ve a lavarte las manos y trae los cubiertos. —Yo los traigo. —Sara se giró para ir, pero Manuel la tomó de la mano. —Siéntate a descansar. Que ellos se ocupen; bastante has hecho cocinando para ellos, y no saben ni mover un dedo. —Sí, señora Sara, perdón por haberla tenido ocupada toda la tarde. Luego de cenar, usted descanse; Sergio y yo recogemos los platos —dijo Federico, saliendo con un cuenco en la mano, mientras Sergio llevaba los tenedores. Al ver que el semblante de Manuel se oscurecía cada vez más, Federico se apresuró a dejar clara su postura. —Eso, eso, luego Sergio y yo recogemos. —Al menos les queda algo de conciencia —sentenció Manuel. Los cuatro se sentaron a comer. Sara comió poco; pero, dicho sea de paso, el apetito de los tres hombres era considerable. Prácticamente arrasaron con los platos de la mesa, aunque comieron muchos platos y apenas tocaron el alimento principal. Tras recoger y lavar los platos, Sergio y Federico se marcharon a toda prisa.

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