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Capítulo 2

Desde ese día, me convertí en la burla de toda la familia. Esos miembros del clan que antes temían mis métodos, me llamaban señora Viviana de labios para afuera, pero en privado se burlaban a escondidas de que ni siquiera era capaz de retener a mi esposo. Yo no me quedé callada. Llevé a mis personas de confianza, capturamos a esos desgraciados junto con Rebeca y los colgamos a todos en las grúas del muelle. Los subordinados más leales de Gaspar y su mujer favorita fueron vistos en su momento más humillante por todos los habitantes. Tal como lo anticipé, esa misma noche, Gaspar irrumpió en mi habitación olor a pólvora en el cuerpo. Me empujó contra la cama y me apretó el cuello con fuerza. Pero yo lo miré, aun enloquecido, y le mostré mi sonrisa más radiante. —¿Te gustó el regalo? Su semblante se tornó aún más sombrío y me besó. Fue un beso salvaje, brutal, que devoró mi boca y mi lengua sin piedad. Ese beso me hizo recordar viejos tiempos y, por instinto, le respondí. Mis piernas, por reflejo, se cerraron alrededor de su cintura. Sus manos, llenas de sangre, acariciaron mis muslos. Me estremecí, sintiendo calor entre mis piernas. Pero entonces, se detuvo. Me miró con repulsión, como si yo fuera algo asqueroso. —¿Después de cómo te traté, reaccionas así? ¡Eres tan vil! Me quedé paralizada. El calor de mi cara se desvaneció en un instante. Antes de que pudiera responder o golpearlo, él ya se había dado vuelta, tomó una toalla y se limpió las manos, como si haberme tocado fuera la peor. —Esta vez, por todos los años que hemos pasado juntos, te perdono. —Pero si vuelves a tocar a Rebeca... Te destruiré. Estaba en la cama, con el cuerpo entumecido; tan frío como si estuviera hecha de hielo. Me sentía como una muñeca arrojada a la basura. —Gaspar... quiero el divorcio. Hablé con una voz vacía, devastada. Pero él me rechazó sin dudar. —No estoy de acuerdo. —¿Por qué? Creí que, en el fondo, aún me tenía algo de cariño. No pude evitar sentir un poco de esperanza. Pero lo escuché soltar una risa desdeñosa. —Porque aún me sirves. Aunque ya no te ame. —¡Lárgate! Levanté la mano y, con todas mis fuerzas, le di una cachetada. Mientras lo veía irse sin mirarme si quiera, las lágrimas comenzaron a deslizarse por mi cara. No lograba entender en qué momento nuestra relación dejó de ser lo que solía ser. Antes de cumplir los dieciocho, yo era una chica criada por mis padres mafiosos; tan pura como un lirio. No querían que me viera envuelta en la vida peligrosa, así que me mantuvieron alejada de los asuntos más oscuros. Vivía como una persona normal: despreocupada, inocente y feliz. Hasta que ocurrió esa traición. Vi con mis ojos cómo mis padres, con sus vidas, protegieron al padrino anterior. Pero los enemigos eran demasiados y, al final, los tres fueron acribillados a balazos. Sus cuerpos quedaron destrozados. Como hija de ellos y como la niña que había crecido al lado de Gaspar, fui secuestrada por nuestros enemigos. Me mantuvieron prisionera en un sótano, donde sufrí un mes torturas inhumanas. Cuando él irrumpió en el lugar con sus hombres, yo me encontraba encogida en un rincón, temblando. Era como una muñeca rota, sin alma, sin vida. En ese momento, ya había perdido las ganas de vivir. Fue Gaspar quien acarició mi cara, besó mi cabello y me susurró. —Viviana, sigue viva. Por ti, por nuestros padres. Véngalos. Juntos haremos que esos bastardos no tengan tumba donde pudrirse. Él fue quien despertó en mí el deseo de seguir adelante. Entre los cadáveres, lo abracé con todas mis fuerzas. Dos personas que lo habían perdido todo se abrazaban con tal desesperación, como si quisieran aferrarse al mundo entero. Al regresar, él desafió la opinión de todos y se arrodilló para pedirme matrimonio. Juró ante todos que, mientras él estuviera con vida, nadie más se atrevería a hacerme daño. Tomó el mando de una familia mafiosa en decadencia y, con la crueldad más implacable, eliminó a todos los traidores con sangre y fuego. Día y noche se dedicó a los asuntos del clan, logrando que aquella organización al borde del colapso poco a poco resurgiera. En los escasos momentos de descanso, me tomaba de la mano y él me enseñó a pelear, a usar armas... Y a matar. En ese entonces, él solo quería que, si alguna vez corría peligro, yo pudiera protegerme por. Jamás imaginó que la primera persona a la que dispararía... Sería para salvarle la vida. Después de eso, tuve pesadillas durante más de dos semanas. Él, lleno de culpa, me abrazaba y me consolaba con mucho cuidado. Pero yo jamás me arrepentí. No quería preocuparlo, así que me esforcé por salir adelante. Después de la primera vez, vino la segunda. De ser alguien que se entristecía durante días por pisar una hormiga, poco a poco me convertí en la segunda al mando de la mafia... Una mujer que mataba sin piedad. Me convertí en un arma que vivía para matar por él.

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