Capítulo 23
El nuevo restaurante de Luisa en Washington se llamaba Casa del Puerto; el nombre era sobrio y la decoración no escatimaba en exuberancia.
Las paredes de un rojo profundo, las pesadas vigas de madera y las lámparas colgantes de latón brillaban con tal intensidad que casi impedían mantener los ojos abiertos.
De las paredes colgaban antiguos mapas náuticos y bodegones al óleo que ella había adquirido a un precio elevado; los manteles eran de lino confeccionado a medida, con bordes bordados a mano, y hasta los cubiertos eran cuchillos y tenedores de plata grabados con el nombre del local.
Cuando el abogado llamó, Luisa estaba probando nuevos platos en un reservado del segundo piso.
—Adriana recibió la citación —dijo el abogado—. Sus activos ya han sido congelados y la galería probablemente no podrá sostenerse.
—Bien. —Luisa dejó el cuenco de fina porcelana blanca—. Que se siga el procedimiento.
—Señorita Luisa —el abogado dudó un momento—, ¿hay que avisar al señor Miguel?
—No es necesario

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