Capítulo 21
Dicho esto, le retiró la mirada de forma definitiva. Subió la ventanilla, sepultando la agonía de Raúl tras el cristal tintado. Luego se volvió hacia Benjamín, recobrando esa dulzura aterciopelada en su voz: —Vámonos, Benjamín. Estoy agotada.
Benjamín lanzó una última mirada gélida al espectro errante en que se había convertido Raúl, cerró su ventanilla y puso el motor en marcha.
El Rolls-Royce negro se deslizó con elegancia por el asfalto hasta fundirse con el tráfico, desvaneciéndose en el laberinto de neones al final de la avenida.
Raúl intentó perseguirlos, pero sus pasos fueron inútiles y erráticos. Se detuvo, quebrado, como una estatua de sal a la que le hubieran arrebatado los cimientos, permaneciendo inerte en mitad de la calle. Clavó la vista en el punto donde el carro se había perdido y, en ese instante, un desgarro visceral le atravesó el pecho; un dolor tan nítido que casi pudo oír cómo se rompía algo en su interior.
Por fin comprendió, en su propia carne, lo que significab

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