Capítulo 19
Por la noche, cuando el reloj marcó las diez en punto, María alzó la vista de la montaña de documentos y se frotó el cuello dolorido.
El mayordomo le ofreció un vaso de agua tibia. —Señorita María, el señor Manuel acaba de terminar una cirugía con un paciente y calcula que llegará en unos diez minutos. Si lo desea, puedo pedir que un guardaespaldas la acompañe al parque para despejarse un poco.
María dio un pequeño sorbo y presionó con los dedos sus sienes cansadas. —No es necesario.
El parque en la noche se encontraba silencioso. El viento tardío del otoño acariciaba su largo cabello, y el agotamiento acumulado en todo su cuerpo fue disipándose lentamente bajo aquella noche serena y sanadora.
Originalmente, para ayudarla a superar su depresión, Manuel la acompañaba a pasear por el parque siempre que tenía tiempo. Después, con el paso de los días, aquello se había convertido en una costumbre.
Esa noche no había viento, pero a lo lejos, las sombras de los árboles se agitaron ligeramente

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