Capítulo 10
Una mañana invernal cualquiera, cuando los vendedores del mercado abrían sus puestos, divisaron a un hombre acostado en el suelo, con la ropa hecha pedazos.
—Otro mendigo más —dijo uno de ellos con desdén.
Nadie lo reconoció: era el antiguo padrino que había gobernado la isla.
Al otro lado de la isla, yo descansaba en mi cálida habitación mientras escuchaba a Ana, que hablaba con gran emoción.
—¿Y ahora dónde está? —pregunté.
—Está en el mercado del casco antiguo, comiendo basura. Ana se tapó la boca con una expresión de asco. —Dicen que hasta pelea con perros por comida.
Sonreí y di instrucciones a mis subordinados sin siquiera girar la cabeza. —Sigan vigilándolo. No quiero que muera tan fácilmente.
—Entendido. Ahora todos en la isla saben cuáles son las reglas. Nadie le mostrará compasión.
Al principio, Gaspar intentó salir de Sicilia, pero sin mi permiso, ni siquiera logró subir a un barco pesquero clandestino.
Después, buscó ayuda entre sus viejos amigos, pero fue rechazado o humil

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