Capítulo 11
La factura de ciento treinta y siete páginas ya había sido revisada por Miguel tres veces.
Desde los sesenta dólares del papel de dibujo de la primera página hasta los doscientos cincuenta y cinco dólares de la corbata de hacía diez años, cada gasto estaba registrado con absoluta claridad, como una especie de acusación silenciosa.
Cerró el archivo y se puso de pie.
Afuera, el cielo ya se había oscurecido; las farolas del jardín de la vieja casa acababan de encenderse, proyectando halos borrosos sobre el vidrio.
Al llegar a la Avenida Vista del Prado, la mayoría de las luces nocturnas del barrio ya estaban encendidas.
Las ruinas del restaurante de mariscos estaban rodeadas herméticamente por chapas de hierro azules; solo el techo ennegrecido asomaba por encima, como una cicatriz silenciosa en la noche.
Miguel estacionó el auto en la esquina y entró en el callejón familiar.
El sonido del agua en los puestos de pescado, el golpeteo del cuchillo en la carnicería, los gritos de los vendedor

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