Capítulo 24
Luisa guardó silencio durante mucho tiempo.
Desde fuera de la ventana llegaba el sonido de la sirena de los barcos turísticos de Washington, mezclado con el aroma a sándalo del restaurante, creando una extraña sensación de calma.
—Miguel —dijo por fin—. Antes no eras así.
—¿Cómo era antes?
—Antes siempre decías que ella era digna de compasión, que era ingenua, que necesitaba protección. —Luisa lo miró—. ¿Por qué ahora ya no la proteges?
Miguel bajó la mirada.
—Porque por fin lo he visto con claridad —dijo—. Hay personas que parecen dignas de lástima, pero en realidad no son inocentes. Y hay personas que parecen vulgares, pero en realidad... son más puras que nadie.
Luisa sonrió; bajo la luz dorada, su sonrisa resultaba un poco deslumbrante.
—Eso no suena a algo que dirías tú.
—No lo es —admitió Miguel—. El yo de antes estaba ciego, de ojos y de corazón.
—¿Y ahora?
—Ahora... —Hizo una pausa—. Al menos estoy dispuesto a abrir los ojos y mirar.
Luisa se levantó y caminó hasta la ventana.

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