Capítulo 9
En la sala de estar de la casa de los Ortega, las cajas de cartón ocupaban media pared.
Miguel se quedó de pie en la entrada, con las cejas fruncidas por costumbre: demasiado desorden, demasiado poco digno, una animación del tipo que a Luisa le habría gustado.
Se desabrochó el botón del traje y, con un gesto distraído, arrojó las llaves sobre el mueble de la entrada; el choque metálico resonó con especial claridad en la vieja casa vacía.
—¿Miguel? —Adriana bajó desde el segundo piso, vestida con una bata de seda y el cabello suelto—. ¿Qué es todo esto?
—Lo que envió Luisa —dijo él, inclinándose para empezar a abrir las cajas.
Camisas, trajes, materiales de pintura, revistas de arte... cada cosa estaba empaquetada con un orden impecable.
Adriana se acercó y hojeó al azar la revista que estaba arriba del todo. —¿Te devolvió todas tus cosas? ¿Qué significa esto?
Miguel no levantó la cabeza y siguió abriendo otra caja. —Está haciendo un berrinche.
—¿Por lo del incendio? —En la voz de Adria

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