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Capítulo 2

Después de hacerse la prueba de parentesco, Clara fue al hospital, dispuesta a que le atendieran las heridas. Pero apenas se hubo sentado cuando una enfermera entró apresurada y empezó a desalojar a la gente. —Lo siento, hace un momento una señorita se torció la pierna y su novio está tan preocupado que ha reservado todo el hospital. Ahora mismo no podemos atender a más pacientes. Clara tampoco había previsto un contratiempo así, de modo que no tuvo de otra que levantarse e irse. Al pasar junto a la habitación contigua, escuchó la voz de Lucas. —Alejandro, por una heridita reservaste todo el hospital, ¿no es demasiado exagerado? —Lucía es frágil y delicada, no está hecha para sufrir. Solo quiero consentirla y darle lo mejor. Al oír el tono cariñoso de Alejandro, Lucas pareció acordarse de algo y su mirada se oscureció un poco. —Mi hermana biológica tampoco estaba hecha para sufrir. Desde pequeña, mis padres y yo la consentimos como si fuera un tesoro. Si no hubiera sido por mí, ella no se habría perdido cuando tenía siete años y no estaría desaparecida. Todos estos años me he sentido terriblemente culpable; cada noche sueño con ella, me la imagino llorando y llamándome hermano, y desearía poder morir para expiar esa culpa. Después de que mis padres adoptaran a Lucía, volqué en ella toda la añoranza y la culpa que sentía por mi hermana, y solo así he logrado soportar estos años. Mientras lo escuchaba, Alejandro también dejó escapar un suspiro. —¿Y quién no? —¿Qué quieres decir con eso...? Ante la mirada sorprendida que Lucas le dirigía, Alejandro bajó la mirada, ocultando la agitación que se le arremolinaba en sus ojos. —Tu hermana biológica también creció ante mis ojos. Era tan adorable... Cada vez que corría hacia mí sonriendo y me llamaba Álex, me juraba en secreto que algún día me casaría con ella y que la cuidaría toda la vida. Si no hubiera desaparecido, ¿crees que habría volcado todo el cariño que en realidad debía ser para ella en Lucía? Los dos hombres se quedaron frente a frente, sin palabras, solo en silencio. Pasó mucho tiempo antes de que Lucas murmurara: —Voy a encontrarla y la traeré de vuelta a casa. Los labios delgados de Alejandro se curvaron apenas, pero en sus ojos no había el menor rastro de sonrisa. —Por desgracia, ya no puedo esperar más. Estoy a punto de casarme con Clara. Lucas entendió la situación en la que se encontraba y dijo con frialdad: —No te preocupes, encontraré la manera de echar a Clara. Después de escuchar en silencio esa conversación, toda la situación le pareció a Clara sencillamente ridículo. Resultaba que Lucas y Alejandro solo habían decidido volcar todo su cariño en Lucía después de que ella se perdiera. Lástima que sus ojos no vieran y sus corazones no supieran distinguir el bien del mal: la persona a la que buscaban estaba justo en sus narices y, aun así, no la reconocían. En cambio, le habían infligido un daño sin fin. A poca distancia se escuchó la vocecita mimada de Lucía llamándolos por su nombre. Clara no se quedó más tiempo y se dio la vuelta para bajar las escaleras. Después de ir a otro hospital, donde por fin le atendieron las heridas, ya había oscurecido, así que paró un taxi para volver a casa. Nada más bajar del auto, los sirvientes la rodearon y abrieron sin más la llave de una manguera de alta presión. —Señorita Clara, ¿a dónde fue que se metió para ponerse tan sucia? ¿Le da la cara para entrar así en la casa? —Venga, déjenos ayudarla a dejarla un poco más limpia, ja, ja, ja. Bajo el impacto del chorro de agua, de sus heridas recién vendadas volvió a brotar sangre. Clara sintió como si la piel se le fuera a desgarrar, con un dolor punzante y lacerante. No pudo mantenerse en pie y cayó al suelo; sin fuerzas para levantarse ni para resistirse, solo pudo acurrucarse en un ovillo para protegerse como fuera posible. Recordó aquellas palabras que había escuchado en el hospital y supo que todo aquello se lo hacían a propósito para obligarla a irse. Aquella "limpieza" duró exactamente una hora. Cuando terminó, Clara tenía todo el cuerpo arrugado y blanquecino, estaba hinchada. Tiritaba de frío, sin una pizca de fuerza en el cuerpo; después de un buen rato, logró por fin tambalearse de vuelta a su habitación. Aquella misma noche tuvo fiebre. Pero los sirvientes hicieron como si nada, e incluso, con la excusa de que tenían que limpiar, la llevaron a la azotea y la dejaron allí encerrada todo el día. Cuando por fin la sacaron, le tiraron encima sopa hirviendo. Después, con la excusa de bajarle la temperatura, la empujaron a una piscina en pleno invierno. La habían torturado hasta dejarla sin una gota de color en la cara, cubierta de heridas; solo cuando se escondía sola en el cuarto de los trastos lograba respirar un poco. Lucía, sin embargo, seguía sin querer dejarla en paz y no paraba de mandarle mensajes para burlarse de ella. —Clara, he recibido las fotos en las que estás toda empapada. ¿Cómo puedes estar tan desaliñada, igual que un perro callejero sin dueño? Das una pena tremenda. —He oído que estás enferma, así que no podrás venir con nosotros a las aguas termales. ¿Sabes cuánto dinero se ha gastado mi hermano en construir este complejo de baños termales en la montaña? —Hoy Álex me ha regalado diez juegos de joyas. Le dije que quería darte la mitad y él dijo que no quería que sus sentimientos se vieran mancillados; se enfadó enseguida y tuve que estar un buen rato tranquilizándolo. Clara no respondió ni a un solo mensaje. Sabía que, muy pronto, todo terminaría.

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