Capítulo 6 ¿Y si no nos divorciamos?
Al día siguiente.
Después de levantarse temprano, arreglarse, desayunar y volver a aplicarse en el rostro el líquido especial que cubría la mancha negra, Mariana condujo rumbo al registro civil.
Esta vez, tanto ella como Carlos llegaron puntuales.
Mariana le lanzó una mirada de soslayo, se quitó los lentes de sol y entró directamente al registro civil.
Con cada paso que daba, su corazón se sentía más tranquilo, incluso ligero.
En aquel enorme registro civil, ese día solo había un empleado.
Mariana sabía que Carlos había hecho arreglos con anticipación.
Después de todo, su matrimonio siempre había sido secreto.
Fuera de sus respectivas familias y de unos cuantos amigos muy cercanos, nadie sabía que aquella hija adoptiva traída del campo era, en realidad, la legendaria y misteriosa señora Bernal.
Carlos entregó el acta de matrimonio y el acuerdo de divorcio al funcionario, pero este no se atrevió a recibirlos. En cambio, miró a Carlos con expresión incómoda: —Lo siento, Carlos, no puedo tramitar el divorcio entre usted y la señora Bernal.
Al escuchar eso, Mariana frunció el ceño de inmediato: —¿Por qué?
La expresión del funcionario se tensó ligeramente, parpadeó un par de veces y señaló hacia atrás, detrás de ellos: —Porque...
No alcanzó a terminar la frase cuando, de pronto, una mano se aferró con fuerza a la oreja de Carlos.
Acto seguido, estalló una voz feroz y autoritaria: —¡Maldito mocoso! ¿Así que todavía querías divorciarte de Mariana a mis espaldas?
Al ver a Doña Bernal, que le retorcía la oreja con el rostro lleno de furia, la cara apuesta de Carlos se llenó de impotencia: —Abuela...
—¡Ni una palabra más! ¡Vámonos ahora mismo! —Doña Bernal no le dio oportunidad de hablar. Lo regañó con fiereza mientras lo arrastraba de la oreja hacia afuera.
—¡Mariana, tú también vienes!
...
Casa Bernal.
—¡Abuela, bájese, por favor! ¿Qué está haciendo? —La voz de Mariana estaba cargada de urgencia y desesperación.
Doña Bernal, sin embargo, había colgado una cuerda gruesa en el marco de la puerta del cuarto de Carlos. Estaba subida a un banco, con una postura que dejaba claro que pretendía ahorcarse.
Sujetó la cuerda con ambas manos y lanzó la amenaza con expresión feroz: —¡Si ustedes se divorcian, hoy mismo me ahorco aquí!
—¡Bájese, por favor, se puede caer! —Mariana estaba tan nerviosa que intentó acercarse para ayudarla, pero Doña Bernal esquivó su mano.
Bajó la mirada hacia Mariana: —Lo sé, seguro fue Carlos quien te obligó, ¿verdad? No te preocupes, mientras yo esté aquí, jamás permitiré que se divorcien.
Mariana se apresuró a explicar: —No es así. Carlos y yo decidimos divorciarnos hace tres años; solo que entonces yo tenía prisa por irme al extranjero y por eso se retrasó.
Carlos también intervino de inmediato: —Abuela, entre Mariana y yo no hay sentimientos. No nos obligue más.
Doña Bernal le lanzó a Carlos una mirada fulminante y respondió con firmeza: —¿Y qué si no hay sentimientos? ¿Acaso no se pueden cultivar? No creas que no lo sé: hace tres años, justo cuando esa Kiara volvió a Seattle, tú querías divorciarte de Mariana para casarte con ella, ¿no es así?
—¿Divorciarte? Entonces me ahorco aquí mismo. —Dicho esto, metió el cuello en la cuerda y levantó un pie, como si fuera a patear el banco.
—¡Abuela! —Mariana se sobresaltó, el rostro se le puso pálido.
—¡Está bien! ¡Te lo prometo, no nos divorciamos, ¿sí?! —Carlos, completamente impotente, no tuvo más opción que ceder.
Aunque sabía que su abuela jamás se colgaría de verdad, no tenía forma de lidiar con ella.
Al escuchar esas palabras, Mariana frunció el ceño de inmediato y lo miró.
—¿De verdad? —Doña Bernal lo observó con desconfianza.
—De verdad —asintió Carlos.
Solo entonces Doña Bernal cambió de expresión al instante: —Eso ya me gusta más.
Quitó la cuerda y luego le tendió la mano a Mariana: —Ayúdame a bajar, que me duele la cintura.
Mariana y Carlos se apresuraron a acercarse y la ayudaron a bajar del banco.
En ese momento, la ama de llaves, Estefanía, se acercó y se hizo cargo de Doña Bernal.
Carlos miró a Mariana y dijo con tono neutro: —Entra al cuarto conmigo.
Sin esperar respuesta, fue el primero en entrar.
—Ve. —Dijo Doña Bernal con una sonrisa, empujando suavemente a Mariana.
Mariana apretó ligeramente los labios, entró al cuarto y cerró la puerta.
—Mi abuela no aceptará el divorcio, así que solo nos queda pensarlo con calma. —Dijo Carlos, con el ceño profundamente fruncido y el rostro cargado de irritación.
Mariana respondió con serenidad: —Hablaré con la abuela.
Carlos alzó la mirada hacia ella, curvó los labios en una sonrisa fría; el desprecio y la repulsión en sus ojos estaban a punto de desbordarse: —Ja. ¿No es este precisamente el resultado que querías?
—Si no hubieras avisado, ¿cómo habría sabido mi abuela que hoy iríamos al registro civil?