Capítulo 7 ¿Te atreviste a drogarme?
Carlos sabía muy bien que Doña Bernal jamás aceptaría que se divorciaran. Por eso, su plan había sido tramitar el divorcio antes de que ella se enterara; así, aunque lo supiera después, ya no habría marcha atrás.
Pero no esperaba que aun así ella se adelantara.
Aunque Mariana ya lo había pensado todo con claridad y se había repetido una y otra vez que no debía darle importancia. Al ver en el rostro de Carlos ese gesto de desdén y repulsión, el dolor volvió a clavársele en el corazón como una aguja.
Respiró hondo, se obligó a mantener la calma y lo miró con serenidad: —No le avisé a la abuela con antelación. Créelo o no, estoy incluso más ansiosa que tú por terminar este matrimonio.
—¿Ah, sí? —Carlos la miró con total indiferencia; casi parecía que la palabra [no te creo] estuviera escrita en su cara.
—¿Desde cuándo te han faltado esas tácticas de hacerte desear?
La respiración de Mariana se volvió un poco más pesada.
Era cierto: en el pasado, para llamar la atención de Carlos, había probado todo tipo de artimañas.
—Buscaré una oportunidad para explicárselo claramente a la abuela. No te preocupes, cumpliré tu deseo y te dejaré estar con Kiara. —Soltó esas palabras con frialdad y se dio la vuelta para salir del cuarto.
Apenas cruzó la puerta, el celular le sonó.
Sacó el celular y, al ver que era una llamada de su madre, su respiración se detuvo por un par de segundos.
Pero fue solo un instante. Se repuso enseguida, caminó hacia el balcón contiguo y, tras cerrar la puerta, deslizó el dedo para contestar: —¿Bueno?
—¿Escuché que regresaste al país? —La voz de Marcela sonó fría y distante al otro lado de la línea.
Resultaba difícil creer que ese fuera el tono de una madre hablando con su propia hija.
—Sí. —Respondió Mariana.
Marcela continuó: —Ya que volviste, regresa de inmediato a casa. Lo que pasó hace tres años, no diste ninguna explicación ni mostraste la actitud de arrepentimiento que debías. No creas que porque pasaron tres años, ese asunto quedó en el olvido.
Al pensar en lo ocurrido tres años atrás, Mariana dejó escapar una risa suave.
Así es. Tres años habían pasado... y ese asunto ya era hora de resolverlo.
—Mañana regresaré. —Dijo con tono plano.
—¡Quiero que regreses ahora mismo! —la actitud de Marcela fue tajante.
Mariana jugueteó con una planta verde frente a ella; su expresión no cambió en absoluto: —Entonces lo siento mucho, ahora estoy ocupada. No tengo tiempo.
—Te doy media hora. Si te atreves a no volver, ¡olvídate de volver a entrar a esta casa! —Amenazó Marcela con frialdad.
De haber sido antes, Mariana ya habría obedecido sin rechistar. Pero ahora...
—Entonces no entraré. —Respondió con total indiferencia y colgó.
Mirando la planta frente a ella, una sombra de dolor cruzó fugazmente por el fondo de sus ojos.
Tres años atrás, Salomé, como médica responsable de cirugía cardiotorácica en el Hospital Privado Santa Lucía, tenía programada una operación importante. Sin embargo, la víspera de la cirugía, sufrió una reacción alérgica grave al maní y tuvo que ser hospitalizada, por lo que al día siguiente la operación que debía realizar ella tuvo que ser asignada a otra persona.
Tras la investigación, se descubrió que una empleada doméstica había añadido a la ensalada de Salomé una salsa de maní a la que ella era alérgica.
Cuando el asunto salió a la luz, la empleada confesó que había sido Mariana quien la había sobornado para que añadiera la salsa a la ensalada de Salomé.
De ese modo, Mariana fue duramente reprendida por toda la familia y obligada a pedirle disculpas a Salomé.
Por más que ella explicara una y otra vez que jamás había hecho algo así, nadie le creyó.
Al recordar todo aquello, solo sintió un frío desolador en el corazón.
En fin. Mañana resolvería ese asunto de una vez por todas.
Por la tarde, Mariana se quedó acompañando a Doña Bernal y le contó, a grandes rasgos, todo lo que había vivido en esos tres años.
Doña Bernal comprendió que Mariana debía haber sufrido mucho durante ese tiempo.
Movida por la compasión, propuso directamente que ella y Carlos volvieran a vivir en la casa.
Tanto Mariana como Carlos se opusieron al unísono, pero al final no pudieron contradecir a Doña Bernal y se vieron obligados a ceder.
Por la noche, Doña Bernal prácticamente los empujó de regreso al cuarto, diciéndoles que descansaran temprano.
En la habitación solo había una cama y una sola colcha.
Mariana giró la cabeza para mirar a Carlos y habló con franqueza: —Imagino que tampoco quieres dormir en la misma cama que yo, así que tendrás que conformarte con el sofá.
Dicho esto, caminó con toda tranquilidad hasta la cama y se sentó.
Aunque llevaban años casados, salvo aquella noche accidental, jamás habían dormido juntos, ni siquiera en la misma habitación.
Carlos solo le lanzó una mirada indiferente, sin decir nada.
Por supuesto, no tenía intención alguna de compartir la cama con Mariana.
Retiró la mirada y dio un par de pasos, pero de pronto una sensación extraña recorrió su cuerpo y su expresión cambió de golpe.
Calor. Ardor en el pecho. Sed intensa. Una necesidad desesperada de beber agua.
Esos síntomas...
Carlos pareció darse cuenta de algo. Alzó la vista de repente y clavó en Mariana una mirada gélida y aterradora; su voz salió cargada de hielo: —¿Te atreviste a drogarme?