Capítulo 3
A la mañana siguiente, Patricia apareció, tal como se esperaba, en el estudio de Elisa.
Llevaba colgada la credencial de responsable del proyecto y, dando unas palmadas, interrumpió el ensayo:
—Un momento, por favor.
Elisa y sus compañeros se detuvieron y la miraron.
Patricia señaló el diseño ya aprobado en el panel del fondo:
—Esta paleta es demasiado oscura; le falta luminosidad.
—Mauricio siempre ha dicho que el arte debe transmitir esperanza al público. Cambiémosla a tonos rosados y blancos.
La jefa de grupo iba a explicar que la gama cromática respondía al tema de la coreografía, pero Patricia la interrumpió:
—Y la música que están usando ahora tiene demasiados altibajos. Mejor una pieza de piano suave.
Elisa no pudo contenerse y dio un paso al frente:
—La escenografía y la música se definieron en función del núcleo de la danza.
—El rosa y el blanco no encajan con el concepto, y una melodía tan suave no sostiene la tensión emocional de la obra.
Patricia parpadeó, con expresión inocente:
—Mauricio dijo que este proyecto lo llevaría yo. Hay que incorporar una estética más cercana al gusto del público general.
Sacó el celular y, delante de todos, llamó a Mauricio con un tono agraviado:
—Le hice algunas sugerencias al estudio. Tal vez no sean muy profesionales, pero lo hice pensando en el bien del proyecto.
—Elisa reaccionó muy fuerte, ¿es que no le agrado?
Puso el celular en altavoz.
La voz serena de Mauricio salió del auricular:
—Las opiniones de Patricia quizá no sean técnicas, pero representan el gusto del espectador común.
—Necesitamos la perspectiva del público para reducir la opacidad de la expresión artística. Hagan lo que ella propone.
En la sala de ensayo cayó un silencio absoluto.
Los compañeros se miraron entre sí; nadie se atrevía a hablar.
El inversionista manda: todos conocían esa regla.
Elisa sintió cómo la sangre le subía a la cabeza y habló directamente al celular:
—Mauricio, ¿sabes que estos cambios arbitrarios pueden arruinar todo el espectáculo?
—¡Elisa!
La interrumpió Patricia, con los ojos enrojecidos y la voz entrecortada:
—Sé que solo soy una practicante y que no tengo tu nivel.
—Pero de verdad quiero hacer bien este trabajo. No intento robarte protagonismo.
Del otro lado de la línea, la voz de Mauricio se volvió fría:
—Elisa, no mezcles tus emociones personales con el trabajo.
Elisa replicó, indignada:
—Aclara primero quién es el que está afectando el trabajo.
El tono de Mauricio fue tajante, incuestionable:
—Yo soy la parte contratante. La decisión está tomada y no pienso repetirlo.
—¡Tú...! —Elisa quiso seguir, pero un compañero la sujetó para disuadirla.
—Elisa, ya basta. No conviene ofender de verdad al inversionista.
Al ver la mirada impotente y suplicante de sus colegas, Elisa tragó la rabia que le atoraba el pecho.
Por las modificaciones drásticas de Patricia, una obra que estaba a punto de concluirse se volvió incoherente.
Para no manchar el prestigio del estudio, a Elisa no le quedó más remedio que liderar al equipo en una carrera desesperada por salvar el proyecto.
Durante ese tiempo, el estudio trabajó hasta altas horas todas las noches.
Una y otra vez ajustaron la coreografía, tratando de preservar su esencia dentro del absurdo marco de un fondo rosado y blanco y una música de piano demasiado suave.
Ante el resultado final, todos solo podían resistir a fuerza de voluntad.
La víspera de la función, por fin lograron una versión apenas aceptable.
El día de la presentación, tras ejecutar la última danza, Elisa subió al escenario con todo el elenco para saludar.
Los aplausos estallaron abajo. Ella jadeaba, con una sonrisa en el rostro, y su mirada recorrió de forma automática la tercera butaca de la primera fila.
En cada función anterior, ese lugar siempre había sido para Mauricio.
Al terminar, él solía aparecer con un ramo de flores, ya fuera entre bastidores o sobre el escenario, para entregárselo.
La mirada de Elisa se quedó fija en ese asiento.
Ese día, Mauricio vestía un traje oscuro y sostenía un enorme ramo de rosas. Se puso de pie.
La memoria muscular hizo que Elisa estuviera a punto de avanzar hacia él.
Pero Mauricio, con las flores en brazos, pasó de largo con calma y se dirigió hacia Patricia, que estaba detrás de ella.
Ante los ojos del público y de todos los bailarines en escena, le entregó el ramo de rosas a Patricia.
Patricia lo recibió con una sonrisa tímida; al mirar a Mauricio, sus ojos estaban llenos de admiración y afecto.
Bajo los reflectores, aquel ramo de rosas le ardía a Elisa en los ojos.
Permaneció en el centro del escenario, manteniendo la postura del saludo final, con una sonrisa ligeramente rígida.
Por primera vez, Elisa sintió de verdad que Mauricio ya no le pertenecía.
Fue como si le arrancaran un trozo del corazón, dejando un vacío barrido por un viento helado.
Inspiró hondo y se pellizcó la palma de la mano, intentando mantenerse despierta a través del dolor.
La grandeza de su vida no podía depender únicamente de Mauricio.
Concluido el saludo, el telón cayó.
Ella se dio la vuelta sin mirar a esas dos personas y, dirigiéndose a sus compañeros exhaustos pero eufóricos, los animó:
—¡Buen trabajo a todos! ¡La cena corre por mi cuenta! ¡Esta noche nadie se va sobrio!