Capítulo 4
En la cena de celebración, los compañeros estaban eufóricos: bebían, reían a carcajadas y se sacaban fotos sin parar.
Elisa se dejó contagiar por el ambiente. Sumada a la alegría por un éxito tan difícil de conseguir, también alzó su copa.
El celular vibraba sin parar en su bolso. Al ver que era Rebeca, tuvo que salir al pasillo para contestar:
—Mamá, estoy en una cena de celebración.
La voz de Rebeca sonó urgente:
—¿Una cena es más importante que los asuntos de la casa?
—Esta noche vienen invitados importantes. Vuelve enseguida; no hagas enojar a Santiago.
Elisa se frotó el entrecejo:
—No puedo irme ahora. ¿Qué invitados requieren que yo esté presente?
El tono de Rebeca se cargó de irritación:
—¡Cómo puedes ser tan inconsciente!
—¿Crees que puedes bailar tranquila y montar un estudio por tus propios medios? ¿No es gracias a los recursos que te da Santiago?
—Si tú no te tomas en serio a Santiago, ¿cómo voy a darle la cara?
Otra vez el mismo discurso.
Elisa apretó el celular; las yemas de sus dedos se le pusieron blancas.
Recordó los primeros días después de que Rebeca se casó con Santiago.
Siempre arreglada con esmero, midiendo cada palabra, con una humildad cuidadosamente escondida en los ojos.
Rebeca solía decirle: —Si una mujer quiere vivir bien, tiene que encontrar un buen respaldo.
Pero el respaldo que Rebeca había encontrado no era honorable.
Había sido la tercera en discordia, la intrusa en la familia de Santiago. Aunque logró ocupar su lugar, en los Delgado nunca consiguió alzar la cabeza.
Cuando Santiago estaba de mal humor, la trataba como a una sirvienta, le gritaba e incluso llegaba a levantarle la mano.
Elisa discutió con él varias veces por eso, pero Rebeca siempre la sujetaba, suplicándole que no armara escándalos.
La vez que más colapsó, Elisa corrió al cuarto de trastos del segundo piso y rompió a llorar.
Entre los sollozos, escuchó un leve ruido proveniente de un rincón.
Al alzar la vista, vio a Mauricio, el muchacho siempre silencioso, que no sabía en qué momento también se había escondido allí.
La observó en silencio y le tendió un pañuelo.
Desde entonces, ese cuarto se convirtió en su base secreta.
Cada vez que abajo se oían gritos y golpes, se refugiaban allí.
Él solía sentarse a su lado sin decir nada.
Cuando el ruido se hacía insoportable, le cubría los oídos con la mano, aislándola de aquellos sonidos indecentes.
Durante un tiempo, Elisa creyó que eran aliados; que en aquella casa fría podían darse calor mutuamente.
Ahora lo veía con claridad: Mauricio no había sido más que un infiltrado, acechándola con odio.
Toda la confianza y los sentimientos que ella le entregó no fueron más que herramientas dentro de su plan.
—¡Elisa! ¿Me estás escuchando? ¡Vuelve ahora mismo!
La urgencia en la voz de Rebeca la arrancó de sus recuerdos.
Aturdida, respondió al celular:
—Está bien. Ya regreso.
Cuando llegó a la Casa Delgado, el comedor estaba completamente iluminado.
Santiago ocupaba el asiento principal; Rebeca, a su lado, servía los platos.
Al ver a Elisa, Santiago asintió levemente:
—Ya que volviste, siéntate a cenar. Hoy Mauricio traerá a su novia.
—Si todo encaja, habrá que comprometerlos cuanto antes.
La mano de Elisa se detuvo un segundo.
Aunque ya lo intuía, sintió el corazón como si alguien lo hubiera pinchado con una aguja.
Tras tantos años enredada con Mauricio, nunca había pensado en hacer pública esa relación.
Bajó la mirada y esbozó una sonrisa amarga.
Al fin y al cabo, todo había sido una venganza. Hacerlo público no tenía sentido.
En ese momento se oyó movimiento en la entrada. Mauricio entró acompañado de Patricia.
Ese día Patricia iba arreglada con una pureza estudiada, cargando bolsas de regalos, y saludó con dulzura:
—Buenas noches, señor y señora Delgado.
Rebeca se adelantó de inmediato, entusiasmada:
—¿Tú eres Patricia? ¡Qué bonita eres! Ven, siéntate aquí.
Incluso Santiago, poco dado a la amabilidad, se mostró cordial, preguntándole por su familia y su trabajo.
Mauricio le acercó la silla con atención, le acomodó los cubiertos y le habló en voz baja.
La mesa estaba llena de armonía, como si ellos fueran la verdadera familia.
Elisa comía en silencio, abstraída.
La mirada de Patricia se posó en ella con fingida sorpresa:
—¿Tú también estás aquí? Antes ya habíamos colaborado por trabajo, ¿verdad?
Elisa ni siquiera levantó la cabeza; respondió con frialdad.
Patricia, sin embargo, no pensaba dejarla en paz y giró el tema hacia Rebeca:
—Te conservas muy bien; te ves muy joven.
Rebeca apenas esbozó una sonrisa cuando Patricia añadió, con una inocencia calculada:
—Claro, alguien que depende de un hombre para vivir siempre tiene que cuidarse, no vaya a ser que la desprecien.
Las palabras estaban cargadas de veneno, insinuando la dependencia de Rebeca respecto a Santiago.
El rostro de Elisa se ensombreció al instante.
Por mala que fuera su relación con Rebeca, no permitía que nadie más la ridiculizara.
Miró a Patricia con calma, pero con un filo evidente:
—Eres joven, pero ya tienes líneas finas en las comisuras de los ojos. Deberías empezar a cuidarte desde ahora.
—Porque solo con "inocencia" no se retiene el corazón de nadie.
La sonrisa de Patricia se congeló. Estaba a punto de responder cuando Santiago la interrumpió:
—Coman y ya. Todos, menos palabras.
No le gustaba que en la mesa se mencionaran esos asuntos poco decorosos del pasado.
El comedor quedó en silencio. Cada uno terminó la comida con sus propios pensamientos.
Elisa fue la primera en acabar. Se despidió con un gesto, subió las escaleras, se encerró en su habitación y cerró la puerta tras de sí.