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Capítulo 6

Elisa despertó en una cama de hospital. La enfermera le dijo que un transeúnte la había llevado de urgencia; era una gastritis aguda y debía quedarse hospitalizada unos días. Apoyada contra el cabecero, el dolor de estómago había remitido, pero el vacío en su interior era aún más profundo. Elisa recordó aquella vez en la preparatoria, cuando también sufrió un fuerte dolor de estómago en plena madrugada. Sus padres no estaban en casa. El lugar era apartado y no había taxis. Mauricio, dos años menor, la cargó a la espalda y caminó seis kilómetros en la oscuridad hasta hallar una clínica abierta. Apoyada en su espalda delgada, oyó su respiración agitada y sintió el sudor en su nuca; por primera vez entendió lo que era que alguien se preocupara de verdad por ti. Desde entonces, en los cajones de la casa nunca faltaron los medicamentos para el estómago que Mauricio reponía. El del mueble del televisor era el que más cuidaba: lo revisaba y renovaba con regularidad. Pero la noche anterior, Elisa buscó en cada rincón y no encontró ni una sola caja. Entonces lo entendió: Mauricio estaba usando ese método para borrar poco a poco cualquier rastro suyo de su vida. Eran dos hilos que un día estuvieron entrelazados y ahora se separaban hasta volverse paralelos, sin volver a cruzarse. Tal vez, en el futuro, desaparecerían por completo de la vida del otro. El celular sonó. Era Rebeca. El corazón de Elisa dio un leve vuelco; contestó con un atisbo de esperanza. La voz de Rebeca sonaba entusiasmada, sin la menor intención de preguntar por su estado de salud: —Anoche, en una cena, conocí al hijo de la señora Rodríguez. —Acaba de volver del extranjero; es un muchacho excelente. ¡Y su familia no está en peores condiciones que la familia Delgado! —Tienes que aprovechar la oportunidad. Ya he concertado una cita... Elisa escuchó en silencio, sintiendo cómo el corazón se le hundía. Interrumpió los planes de Rebeca con voz seca: —Eso no es lo que necesito. Rebeca hizo una breve pausa y luego habló con desagrado: —Todo lo hago por tu bien. Estoy buscando la mejor salida posible para ti. Elisa no escuchó más. Colgó directamente. El estómago parecía dolerle otra vez y, con él, también el corazón. Encogida en la cama del hospital, sintió con claridad que en esa casa ya no había nadie que se preocupara por ella. Y que su existencia, o su ausencia, no le importaba a nadie. Tras pasar tres días hospitalizada, al terminar la última infusión, realizó los trámites de alta. Decidió volver a casa para recoger sus cosas y, antes de marcharse al extranjero, quedarse unos días en el estudio. Apenas entró en la casa, Patricia apareció desde el salón tirando de Mauricio. Con una sonrisa dulce y un tono afectuoso, dijo: —¡Elisa, por fin volviste! —Estos días que no estuviste en casa me preocupé muchísimo. —Sé que no te agrado, pero no hacía falta que me evitaras así... Elisa no tenía ganas de explicarse. No le quedaban fuerzas para lidiar con una cortesía tan falsa; solo quería subir cuanto antes. Pero Patricia la detuvo y sacó por detrás una caja de regalo elegantemente envuelta: —No te vayas todavía. —Mauricio y yo elegimos esto para ti, como disculpa por lo ocurrido antes. Dicho esto, Patricia abrió la caja delante de Elisa. Dentro había un par de zapatos de tacón alto. El diseño era exquisito; el tacón, fino y elevado. A simple vista, eran caros. La mirada de Elisa se quedó fija en los zapatos. Todo su cuerpo se tensó. Sus pies, marcados por años de entrenamiento, estaban llenos de callos y los dedos, ligeramente deformados; era imposible usar unos tacones tan hermosos como crueles. Mauricio lo sabía perfectamente. Antes, el zapatero de la casa estaba lleno de bailarinas hechas a medida y plantillas para aliviar la fatiga. Y ahora, él le regalaba unos zapatos que jamás podría ponerse. Eso no era un regalo, era una burla silenciosa. Un recordatorio de que sus pies, ya no perfectos, no eran dignos de tanta delicadeza. Y también una forma de decirle que había perdido para siempre aquella atención exclusiva. Al ver que Elisa guardaba silencio, la mirada de Patricia se deslizó hacia los pies de Elisa, calzados con pantuflas anchas. En ese momento, los pies de Elisa, relajados, dejaban ver el contorno de sus deformaciones. Patricia se llevó la mano a la boca, fingiendo sorpresa, y en sus ojos apareció una superioridad apenas perceptible: —Ay, parece que Mauricio y yo no lo pensamos bien. —Tus pies no son muy adecuados para usar tacones. Su tono era de falsa lástima, pero enseguida tomó uno de los zapatos y sonrió: —Pero no pasa nada, casualmente calzo lo mismo que tú. —Sería una pena desperdiciar unos zapatos tan bonitos. Con elegancia, Patricia se inclinó y se calzó los tacones. Luego dio un par de pasos; sus tobillos finos y blancos se veían aún más delicados realzados por los zapatos. En comparación, los pies de Elisa, llenos de marcas y deformaciones, parecían aún más torpes dentro de las pantuflas holgadas. Patricia alzó la vista hacia Mauricio, con una sonrisa dulce e inocente: —Mira, me quedan perfectos. La mirada de Mauricio se posó en los pies de Patricia. Asintió levemente, como si no viera nada fuera de lugar.

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