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Capítulo 7

Elisa ignoró la ostentación de Patricia. Su mirada pasó por encima de aquellos zapatos hirientes y se clavó en Mauricio: —¿Ya te diste por satisfecho con tu venganza? Avanzó un paso. Sus ojos eran cuchillas heladas: —¿Desenterrar mis heridas de esta forma te da tanta sensación de logro? Tras tantos años de enredos, se conocían mejor que nadie los puntos débiles del otro. Mauricio sostuvo su mirada. Una sonrisa burlona se dibujó en la comisura de sus labios: —Ya no me interesa vengarme de ti. Extendió el brazo y rodeó a Patricia con suavidad. Su tono se volvió más templado: —Estando con Patricia entendí lo que es un sentimiento puro. —Tú no fuiste más que alguien que usó métodos vulgares para hacerme caer, por un tiempo, en el deseo. Mientras hablaba, tomó de la mesa un fajo de documentos y se los tendió a Elisa. Elisa no los tomó. Mauricio los abrió directamente frente a ella. Era un acuerdo de transferencia de bienes. La cifra bastaba para que una persona común viviera sin preocupaciones toda su vida. La voz de Mauricio no tuvo altibajos, como si cerrara una transacción cualquiera. —Esto es el pago por todos estos años de enseñanza. A partir de ahora, no nos debemos nada. ¿En qué la estaba convirtiendo? La humillación estalló en el pecho de Elisa como lava ardiente, quemándole cada rincón del cuerpo. Aquellos sentimientos que ella había atesorado, esos acercamientos torpes pero sinceros, ¿él podía reducirlos y comprarlos con una simple hoja de papel? Había manchado todo, transformándolo en un sucio intercambio de dinero. Patricia se recostó contra Mauricio y habló con un tono compasivo: —Elisa, Mauricio me lo contó todo. Tú y tu mamá lo pasaron bastante mal antes. —Usaste la única forma que conocías para buscar atención y apoyo; en realidad das un poco de pena. El cuerpo de Elisa vaciló un instante, pero enseguida enderezó la espalda y enterró toda la humillación en lo más hondo. Con los labios apretados, extendió la mano y tomó el documento. Mauricio la observó con frialdad, como esperando que aceptara aquella compensación. Al segundo siguiente, se oyó un chasquido seco. Delante de él, Elisa rompió el acuerdo en dos y lo arrojó con fuerza al suelo. Sin mirar el papel hecho trizas ni a Mauricio ni a Patricia, subió las escaleras y volvió a su habitación. Empacó con rapidez, tomó la maleta y salió directamente por la puerta principal. Como si percibiera su determinación, la mirada de Mauricio se detuvo un instante en su espalda. Pero Elisa no se detuvo. Abrió la puerta; una luz intensa entró a raudales. Arrastró la maleta y salió, sin volver la cabeza ni una sola vez. En los días siguientes, Elisa se volcó por completo en el traspaso de trabajo y en los últimos ensayos. Usó el cansancio para adormecerlo todo, repitiéndose que una nueva vida estaba a punto de comenzar. Era joven, tenía talento. Un futuro brillante la esperaba; no había razón para hundirse por una historia pasada. El día previo a su partida al extranjero, Elisa ofreció una función de despedida. Bajo los focos del escenario, estiró el cuerpo; cada movimiento estaba cargado de emoción. Al barrer el público con la mirada, vio a Mauricio. Seguía sentado en la primera fila, en el asiento que Elisa siempre había reservado para él. Solo que esta vez, a su lado estaba Patricia. Durante toda la función, la mirada de Mauricio casi no se posó en Elisa. Giraba la cabeza para hablar con Patricia; ella reía suavemente de vez en cuando. Parecían vivir en un mundo distinto al de Elisa, que se entregaba por completo sobre el escenario. Elisa reprimió la incomodidad y la confusión, y se obligó a terminar la presentación. En el saludo final, los aplausos estallaron. Elisa hizo una reverencia. Al incorporarse, vio a Mauricio y a Patricia abriéndose paso entre la multitud hasta el borde del escenario. Mauricio le puso una invitación en la mano. Patricia, tomada del brazo de él, sonreía radiante: —¡Elisa, Mauricio y yo nos vamos a casar! —Santiago dijo que las invitaciones para los invitados importantes había que entregarlas en persona. Tienes que venir a nuestra boda. Mauricio miró a Elisa y añadió con tono neutro: —Además, Santiago quiere que regreses a casa cuando tengas tiempo. —Sigues siendo su hija. Te extrañan. Elisa soltó una risa fría por dentro. Su voz no reveló emoción alguna: —Iré. En efecto, iba a volver, pero no por nostalgia. La fecha de su viaje se acercaba y su pasaporte había quedado olvidado en el escritorio de la casa. Elisa sabía mejor que nadie que esa supuesta preocupación no era más que una fórmula social. Santiago siempre la había considerado un estorbo prescindible; Rebeca insistía en que repitiera su mismo camino, y Mauricio... Inspiró hondo y se obligó a no seguir pensando. Después de todo, con ellos ya no había ningún mañana.

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