Capítulo 8
Al mismo tiempo, Carlos, que había llegado apresuradamente, le sujetó con fuerza la muñeca.
—Mariana, ¿qué estás haciendo?
—Es solo un broche. Si se rompió, se rompió. Camila tiene derecho a disponer de lo que es suyo.
Mariana esbozó una sonrisa desolada: —Tienes razón. No debería importarme algo que no me pertenece.
Ni tampoco debería seguir importándome el favoritismo de Carlos.
Se zafó con fuerza de la muñeca que él le apretaba hasta dejársela enrojecida y caminó hacia la salida.
—¡Mariana! —La llamó Carlos desde atrás.
Ella no se detuvo: —Camila no está bien de salud. Acompáñala tú.
Cuando regresó a la villa, ya era muy entrada la noche.
Al salir de la ducha, Mariana vio que Carlos estaba en el dormitorio.
En cuanto la vio, se acercó para calmarla: —No te enojes más.
—Esto lo compré hoy en la subasta. ¿No te ha gustado siempre esta marca?
Tomó su mano, intentando ponerle una pulsera de diamantes, pero Mariana retiró la mano.
—No hace falta. Ya dije que no me importan las cosas que no me pertenecen.
El silencio se extendió entre los dos.
Carlos entrecerró los ojos de pronto: —Últimamente estás muy rara.
—Antes eras muy dócil, pero desde el día del aniversario no has dejado de hacer berrinches.
El corazón de Mariana se tensó; pensó que quizá había notado algo.
Entonces él sonrió de repente, con un tono indulgente: —Sigues molesta por lo del aniversario, ¿verdad?
—De verdad que tienes mal carácter. ¿Qué te parece si te compenso con otro aniversario?
En los días siguientes, Carlos se tomó el asunto en serio y empezó a preparar una cita.
Canceló varias reuniones; incluso rechazó las llamadas de Camila.
Una noche, Mariana bajó por agua y lo vio frente a la computadora, borrando y escribiendo sin parar; la luz perfilaba su rostro concentrado.
Ella se quedó unos segundos en la escalera, luego se dio la vuelta y volvió a subir.
El día de la salida, Carlos vio que Mariana había marcado un [1] bien llamativo en el calendario.
La abrazó por detrás y rozó su barbilla en su coronilla: —¿Tan importante es para ti? ¿Hasta lo marcaste para recordarme que la cita es a la una de la tarde?
—Al final sí que te importo.
Era la cuenta regresiva de su partida, pero Carlos lo malinterpretó.
Mejor así. Que lo siga creyendo.
El auto se detuvo frente a un cine.
Carlos la tomó de la mano y la condujo al interior de la sala, con un tono misterioso: —Esta película te va a encantar.
Mariana no entendía nada. Cuando sonó la música, se quedó inmóvil: era la marcha nupcial de su boda, al piano.
La pantalla se iluminó. Era el video de su boda.
En la imagen, ella, vestida de novia, miraba a escondidas a Carlos, que estaba al final de la alfombra roja, con una expresión nerviosa.
Carlos, atravesando con la mirada a la multitud, captó ese vistazo furtivo.
La comisura de sus labios se curvó en la sonrisa familiar y le alzó una ceja.
Mariana observó a aquella versión suya, tímida y apurada, y sonrió levemente.
Luego apareció el momento del intercambio de anillos. Él se inclinó y le dijo algo al oído.
El video no captó el sonido; solo se veía cómo ella se quedaba paralizada, tan avergonzada que intentaba bajar la cabeza, pero él le sostenía el mentón.
Mariana recordaba perfectamente lo que Carlos le había dicho: —Ahora que llevas mi anillo, ya eres mi esposa.
La imagen se congeló en el instante en que ella se colocaba el anillo de bodas. Mariana giró la cabeza instintivamente.
Carlos levantó su mano izquierda. Un anillo de zafiro tocó su dedo anular, colocándose junto al anillo de bodas que ya llevaba.
Él seguía sonriendo, y repitió la misma frase: —Ahora que llevas mi anillo, ya eres mía.
—A partir de ahora, cada aniversario te regalaré uno: de diamantes, de piedras preciosas, de oro... te ataré bien fuerte.
Los dedos de Mariana temblaron. Intentó quitárselo.
Pero Carlos, como si lo hubiera previsto, entrelazó sus dedos con los de ella.
—No te muevas. —Pasó un brazo por sus hombros y la atrajo contra su pecho, en un abrazo a medias protector, a medias restrictivo.
—Mira tranquila hasta el final.
La película siguió avanzando. Risas, aplausos, felicitaciones.
Ellos tomados del brazo cortando el pastel, el instante en que él le limpiaba con un beso la crema de los labios...
Cada escena hablaba de aquella perfección pasada.
El video terminó con la explosión de fuegos artificiales. Las luces de la sala se encendieron.
—¿Qué tal? ¿No está mal, verdad?
La luz iluminaba su perfil sonriente. Su expresión era segura, como si nada hubiera cambiado jamás.
Pero ella lo sabía: desde el día en que escuchó la verdad, ya no había marcha atrás.
Mariana bajó la mirada: —Vámonos. Estoy cansada. Quiero volver a casa.
Sin embargo, el auto no tomó el camino de regreso. Carlos se detuvo en un circuito todoterreno.
—Dije que quería compensarte. Camila también quiere disculparse por lo de ese día.
—Vamos, ya están esperándonos.
Aquello no era una disculpa, sino otra sorpresa pensada para ella.
Mariana dio un paso al frente y echó a andar.