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Capítulo 7

Cuando terminó de hacer las diez reverencias de rodillas, el guardaespaldas tiró a Clara fuera de la habitación como si fuera basura. Se quedó tumbada en el suelo durante mucho tiempo; la sangre de su cuerpo se enfrió antes de que por fin recuperara algo de fuerzas. Se incorporó con dificultad y, tambaleándose, bajó las escaleras para tratarse las heridas. En los días posteriores, Clara estuvo recuperándose en el hospital. Mientras tanto, durante esos días, Lucía no dejaba de mandarle mensajes provocadores. En las fotos, Alejandro le pelaba camarones y se los daba de comer, con una ternura desbordante en la mirada. Lucas, temiendo que se aburriera, la acompañaba a ir de compras pese a seguir convaleciente. Y Carlos y Rosa, para que ella estuviera tranquila, ya habían hecho el testamento dejando la mitad de los bienes a su nombre... Al contemplar cada una de aquellas fotos, quizá porque ya la habían herido demasiadas veces, Clara no sintió absolutamente nada. Porque sabía que, en cuanto saliera el resultado de la prueba, esas personas se arrepentirían profundamente. Pero para entonces, ella ya habría desaparecido de la vida de todos ellos y jamás volvería a aparecer. Tras recibir el alta, Clara fue una vez al sanatorio. Cuando la vio, Elena esbozó una sonrisa bondadosa. —Clara, ¿por qué viniste sola? ¿Alejandro no te acompaña? La mirada de Clara vaciló un instante; no quiso que la anciana se pusiera triste, así que cambio el tema. —La echaba de menos, por eso he venido a verla. Elena le sostuvo la mano y empezó a preocuparse por su situación actual, parloteando sin parar. Al ser cuidada de un modo tan minucioso, sin dejar pasar ningún detalle, se despertó en el corazón de Clara una calidez, seguida de una punzada de amargura. Charlaron un rato de cosas sin importancia y, al poco, la anciana, vencida por el sueño, se quedó dormida. Después de subirle bien la manta, Clara sacó de una caja un par de pulseras de esmeraldas y las dejó suavemente sobre la mesa. Eran las que Elena le había puesto en la muñeca cuando ella y Alejandro se comprometieron, símbolo del reconocimiento y la bendición hacia ella como futura nieta política. Ahora, ya no las necesitaba. Tras echar una última mirada a la mujer, que dormía profundamente, Clara abandonó la habitación a regañadientes. Nada más abrir la puerta, se topó de frente con Alejandro. Al verla, la mirada de él se oscureció. —¿Qué haces aquí? ¿Viniste otra vez a quejarte de algo? —No hice nada. Solo vine a ver por última vez a la señora Elena. ¿La última vez? ¿La última qué? Alejandro no entendió; arrugó suavemente la frente y, al hacerlo, su mirada se posó en las pulseras sobre la mesa, quedándose helado. —¿Para qué dejaste las pulseras aquí? Clara apretó los labios; tenía una expresión distante. —Tal como deseabas, solo estoy devolviendo las cosas a su dueño original. Al ver aquella expresión tan fría en ella y ese par de pulseras, Alejandro quedó levemente desconcertado. Abrió la boca, queriendo preguntarle qué significaba eso, pero, cuando estuvo a punto de hablar, lo que salió fue su habitual burla. —¿No te cansas de jugar siempre al mismo truco de hacer que el otro baje la guardia para que te resulte más fácil lograr tus objetivos? Estas pulseras son un tesoro heredado de la familia Torres; tú, desde un principio, no estabas a la altura de ellas. Clara sabía que, aunque se explicara hasta el cansancio, él no le creería. Así que decidió no responder y se fue a grandes zancadas. De camino de regreso, Clara compró un billete de avión para salir del país en dos días. En cuanto llegó a casa, vio a Lucía sentada en el sofá, que la miró con una sonrisa desdeñosa. —Clara, ¿no le habías prometido a la señora Ana que te irías? Entonces, ¿por qué sigues pegada aquí? ¿No tienes un poco de vergüenza? Al notar la doble intención en sus palabras, Clara entrecerró ligeramente los ojos. —¿Cómo lo sabes? Lucía dejó escapar un resoplido frío, sacó aquel contrato y habló con un tono lleno de desprecio y desdén: —Esa misma noche, la señora Ana me lo contó. Aceptaste el dinero y prometiste irte, pero aún no lo haces; todavía quieres seguir seduciendo a Alejandro. Haciendo este tipo de cosas y fingiendo al mismo tiempo que eres tan pura, ¿no te das asco? —Ella misma me dijo que, con tal de echar a alguien tan repugnante como tú, valía la pena gastar catorce millones. En su corazón, la única nuera legítima soy yo; jamás permitirá que una pobretona sinvergüenza como tú se case y le arruine la vida de Álex.

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