Capítulo 14
La voz de Carmen se volvió de pronto nítida, sin rastro alguno de embriaguez. —En el fondo te importa mucho, ¿verdad? Por eso te casaste con ella, ¿no?
Alejandro arrugó la frente. —No.
—¿Entonces por qué?
Carmen se incorporó de golpe; el escote le dejó al descubierto sus blancas clavículas. —Tú claramente me quieres, ¿no es así? ¿Por qué no puedes estar conmigo?
—Estoy casado.
Alejandro la interrumpió con una voz tan fría como el hielo. —Carmen, deberías tenerlo claro.
Sus ojos se enrojecieron al instante, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. —¿Y qué? ¿Es que no puedes divorciarte por mí?
¿Divorciarse?
Aquello jamás había cruzado por su mente.
Alejandro retiró la mano, se volvió y caminó hacia la entrada. —Descansa bien.
Al salir, recordó de pronto que había dejado las llaves del auto sobre la mesa del vestíbulo.
Así que dio media vuelta. Justo cuando alcanzaba la esquina del pasillo, oyó la voz de Carmen hablando por teléfono, sin ningún matiz de pena. —¿A que no sabes? Solo dije

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