Capítulo 8
Gisela guardó silencio por un instante.
Su mirada se posó en el contorno enrojecido de sus ojos, y su voz bajó.
—Cuando aceptaste ese proyecto, ¿no fue precisamente para conseguir el bono y ayudarme a salir del apuro?
El corazón de Roberto se sintió como si una mano invisible lo apretara con fuerza, y su respiración se detuvo levemente.
Ella lo recordaba.
Aquellas noches que él pasó en vela, recordaba la alegría que mostró al recibir el bono, recordaba cuando le metió la tarjeta en la mano y dijo: "úsala tú primero".
—Ahora ya no necesito tu apoyo.
Gisela hizo una pausa; su tono sonó como si estuviera exponiendo un hecho.
—Tú tampoco necesitas esforzarte tanto.
Roberto la miró y, de pronto, sintió que la persona frente a él le resultaba aterradoramente extraña.
Ella recordaba todos sus sacrificios, esos detalles de apoyo mutuo, cada vez que él lo daba todo por ella.
¿Pero de qué servía recordarlo?
Aun así, eligió a otra persona.
Aun así, entregó lo más valioso de él con una ligereza insultante.
—David acaba de entrar en la empresa y necesita un currículum presentable para convencer a los demás.
La voz de Gisela resonó en el pasillo vacío, palabra por palabra, clara y cruel.
—Este proyecto es muy importante para él. Lo necesita más que tú.
Las yemas de los dedos de Roberto estaban heladas.
Abrió la boca, quiso decir algo, pero descubrió que no podía emitir ningún sonido.
El honor ganado tras tres años de lucha, el primer reconocimiento obtenido gracias a su propia capacidad, la prueba que él creía que por fin le permitiría erguirse...
Ante la necesidad de David, todo era tan liviano como el polvo.
Roberto inhaló suavemente.
El aire estaba frío; al entrar en sus pulmones parecía llevar diminutos trozos de hielo.
No dijo nada y se marchó, paso a paso.
De regreso a la vieja casa, Roberto revolvió cajones y cajas en su búsqueda.
Quería encontrar todo el material de cuando participó en el desarrollo del robot.
Esa era su prueba.
Pero no encontró nada.
Los cajones estaban desocupados, las cajas de documentos vacías; incluso las carpetas relacionadas en el disco duro de la computadora habían sido borradas por completo.
Roberto se sentó en el suelo y, mirando el armario vacío, de pronto se echó a reír.
Reía hasta que sus hombros temblaban ligeramente.
En esa vieja casa, solo Gisela tenía la llave.
Solo ella sabía dónde guardaba él las cosas importantes.
De verdad que era... meticulosa.
Roberto se levantó despacio y caminó hasta la ventana.
Miró su propio reflejo en el vidrio; en ese rostro no había expresión alguna, pero la mirada estaba tan quieta como un estanque de agua muerta.
Resultaba que, cuando el corazón muere por completo, de verdad no se procesa el dolor.
A la mañana siguiente, los compradores llegaron puntualmente para hacer la entrega.
Era una joven pareja; al ver los muebles y objetos que quedaban en la casa, se mostraron algo incómodos.
—Señor Roberto, estas cosas... ¿Las va a querer?
Roberto les echó un vistazo.
—Pueden tirarlas o venderlas.
Su voz fue muy plana.
—Háganlo como quieran.
La pareja se miró y no preguntó más.
Los trámites se realizaron con rapidez.
Cuando sonó la notificación de ingreso en la tarjeta bancaria, Roberto ya había llegado a la planta baja.
Se detuvo al borde de la calle y transfirió todo el dinero de la casa a Gustavo.
Adjuntó una frase.
—Úsalo primero para tratar la enfermedad de tu madre.
Luego sacó esa tarjeta negra, la metió en un sobre y se la envió a Gisela.
El vestíbulo del aeropuerto estaba lleno de gente que iba y venía.
Tras completar los trámites de embarque, Roberto miró la ciudad familiar a lo lejos.
Había pasado tres años allí acompañando a Gisela.
Creyó que, tras el sufrimiento, llegaría la recompensa, pero al final todo fue una ilusión.
Por los altavoces sonó el aviso de embarque.
Roberto retiró la mirada y levantó esa pequeña maleta.
Cuando el avión se elevó hacia el cielo, miró por la ventanilla la ciudad que se hacía cada vez más pequeña.
De repente recordó muchos años atrás, el día en que llegó por primera vez a Nueva York.
También era un día nublado.
Llevaba una mochila vieja a la espalda y estaba de pie en la salida de la estación de tren.
En ese momento pensó que debía abrirse camino y triunfar allí.
Después conoció a Gisela y creyó haber encontrado un lugar al que pertenecer.
Ahora por fin lo entendía.
Aquella ciudad le había dado el sueño más dulce y también el despertar más doloroso.
El avión atravesó las nubes, y la luz del sol era tan deslumbrante que daban ganas de llorar.
Roberto bajó la persiana, se puso el antifaz y cerró suavemente los ojos.