Capítulo 12
—¡Aquí no tienes derecho a hablar, baja de una vez!
Rubén apretó los puños con fuerza.
Roberto también habló con tono amenazante: —No es más que un perro criado por Amelia, ¿desde cuándo puede decidir por su dueña?
No les presté atención; en cambio, me volví hacia Felipe, estiré la mano y tiré suavemente de su corbata, depositando un beso ligero sobre sus labios ligeramente carnosos.
Felipe se quedó un instante tieso, pero no se negó; solo el contorno de sus orejas se tiñó de un leve rubor.
Tras el beso, me giré hacia los hermanos de la familia Cervalgo, con el rostro lívido, y hablé con una voz burlona y clara.
—¿Lo vieron? ¿Por qué piensan que yo me quedaría hundida para siempre en esa relación putrefacta?
—Roberto, Rubén, en esta vida ya no hay ninguna posibilidad entre nosotros. No volveremos a vernos.
La mirada de Roberto se apagó al instante; abrió la boca con debilidad, como si aún quisiera decir algo.
Pero yo me di la vuelta y me marché sin mirar atrás.
Felipe caminó a mi lado,

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