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Capítulo 1

Roberto Cervalgo y yo éramos un matrimonio ejemplar, conocido por todos, tanto de cerca como de lejos. Cuando el amor se hallaba en su apogeo, por protegerme, lo patearon con tal violencia que le alcanzaron a romper una costilla. Prótesis mediante, pulió parte de su costilla hasta convertirla en un anillo y me pidió matrimonio. —Amelia Romero, sé que, a causa de la infidelidad de tu padre, no estás dispuesta a confiar en los hombres. —Pero estoy dispuesto a jurar con mi vida que te amo más que a la mía propia. Después del matrimonio, de pronto desarrolló fotosensibilidad, y yo solo podía intimar con él por las noches. Hasta que ingresé al hospital por un parto complicado. En mi aturdimiento vi dos rostros exactamente iguales. —¿El niño que llevas en el vientre está bien? Cuando nazca, quiero llevárselo a Rocío Romero, como heredero de la familia Romero. —Amelia tiene una obsesión enfermiza con los sentimientos; si supiera que siempre nos turnábamos para acostarnos con ella, seguro se volvería loca. —¿Y qué se le va a hacer? Fue ella quien insistió en casarse contigo y además se empeñó en acosar a Rocío; todo esto se lo ha buscado sola. El parto fue difícil; entre los gritos desesperados del hombre, exhalé mi último aliento. Volví a vivir. Esta vez, me ofrecí voluntariamente a completarlos a ellos y a liberarme a mí misma. Pero aquellos dos hermanos, como si se hubieran puesto de acuerdo, abandonaron a Rocío y se disputaron, uno tras otro, proclamando que me amaban. … Cuando me levanté, Roberto ya estaba abajo preparando una sopa. Vestía una camisa gris; los músculos de sus hombros, bien definidos, tensaban la tela hasta abombarla. Se le veía tan enérgico que no dejaba entrever en absoluto que la noche anterior me había sujetado y armado un escándalo durante horas. —Te levantaste muy temprano, ¿es para mí? Sonreí y lo abracé por la espalda, rodeándole la cintura, con la mejilla apoyada en su amplia espalda. Así descubrí con facilidad que la piel detrás de su oreja estaba sorprendentemente lisa. Me burlé en silencio. Anoche había dejado allí una marca a propósito. —Anoche estuviste muy bien… Sonreí adrede y le susurré al oído, dejando que mi aliento rozara la parte de atrás de su oreja. Roberto se tensó; los dedos con los que removía la sopa se detuvieron un instante. —¿Quieres una recompensa? Se volvió y me estrechó entre sus brazos; sus cejas rectas y sus rasgos apuestos esbozaban una sonrisa. —¿Qué recompensa? —¿Qué tal ese terreno en Seattle? El centro comercial de Seattle era un proyecto prioritario respaldado por el gobierno; se estimaba que, una vez construido, generaría ganancias superiores al millón de dólares. La familia Cervalgo y la familia Romero eran las dos contendientes más fuertes. Roberto guardó silencio, sumido en sus pensamientos. Sabía que aquello significaba que le interesaba mucho. Pero, para mi sorpresa, al final lo rechazó. —Olvídalo, cariño. Dijimos entonces que los asuntos públicos y privados iban por separado; en casa no se habla de trabajo. Sonrió con dulzura y, con naturalidad, cambiando de tema. —Si hablamos de recompensas… mejor trata un poco mejor a Rocío. Escuché que la echaste de la empresa y que lloró tanto esa misma noche que le dio un ataque de asma. —Amelia, sigue siendo una niña que no entiende las cosas; ¿para qué rebajarte a discutir con ella? Como era de esperar, tras renacer, en el corazón y en la mirada de Roberto seguía estando Rocío. Ante ella, incluso los intereses de varios millones de dólares debían ceder un paso. —Solo estaba bromeando. Sonreí levemente y me giré para ir al baño a asearme, aunque el contorno de mis ojos se enrojeció sin que pudiera controlarlo. Si te gusta tanto, mejor que esta vez me retire voluntariamente y los deje en libertad. Quiero verlo con mis propios ojos. Dos hombres girando alrededor de una sola mujer: este juego, ¿cómo piensan continuarlo?
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