Capítulo 9
La mirada de Castillo se detuvo un instante; un dolor punzante le atravesó el pecho. Se llevó la mano al corazón mientras salía y daba órdenes a Esteban.
—No me importa qué método uses. Encuentra a Amaya de inmediato y tráela al hospital para que opere a mi padre.
Cuando Castillo llegó al hospital, el rostro de Ingrid estaba pálido como el papel; ya no tenía fuerzas ni siquiera para ponerse de pie.
—Hijo, ¿qué vamos a hacer? El director ya contactó a los mejores especialistas, pero nadie puede operar a Matías Gómez. Todos dicen que solo Amaya puede hacerlo.
Castillo tomó la mano de Ingrid y clavó la mirada en la luz roja, cegadora, que seguía encendida sobre la puerta del quirófano.
—Ya mandé a buscar a Amaya. Ella vendrá, sin falta.
Con los ojos hinchados de tanto llorar, Ingrid lo miró angustiada: —¡Pero la mano de Amaya está destruida! ¿Cómo va a ayudar a Matías a operarse?
Ingrid, llena de reproche, golpeó el hombro de Castillo.
—Si no hubieras insistido en ayudar a Dafne, la mano

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