Capítulo 11
En un centro de rehabilitación en el extranjero.
Elisa se aferraba con ambas manos a las barras paralelas.
Las venas de su frente se marcaban con fuerza; el sudor le resbalaba por las mejillas.
Intentaba mover aquellas piernas sin sensibilidad, aunque fuera apenas un poco.
Pero las sentía ajenas a su cuerpo, rígidas como madera.
A su lado sonó una voz masculina, suave y calmada:
—Relájate un poco. No te fuerces demasiado.
Quien hablaba era Víctor, coreógrafo principal de la compañía: un hombre de unos treinta años, de porte elegante y temperamento sereno.
—Tengo que volver a ponerme de pie cuanto antes.
Dijo Elisa, forzando las palabras; la voz le temblaba por el esfuerzo.
La danza era su vida. No podía aceptar pasar el resto de sus días en una silla de ruedas.
Víctor se agachó y revisó con atención los músculos de sus piernas; sus movimientos eran precisos y profesionales.
—La recuperación de los nervios requiere tiempo, y paciencia.
—La prisa solo puede provocar lesiones secundarias.

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