Capítulo 18
Mauricio finalmente logró averiguar la dirección de Elisa.
Con los brazos cargados de documentos, materiales sobre rehabilitación neurológica y un acuerdo de transferencia de bienes a su nombre, se arrodilló ante la puerta del apartamento.
No gritó ni llamó; simplemente se quedó allí, arrodillado, en silencio.
Tenía la espalda erguida, como si estuviera expiando sus culpas, o como si llevara a cabo una silenciosa declaración de obstinación.
La puerta se abrió. Era Rebeca, con el rostro endurecido por la ira.
Su voz sonó como hielo afilado:
—¿Todavía tienes la cara de venir aquí?
—¡Lárgate ahora mismo!
—¡Elisa no quiere verte! ¡No vengas a dar asco aquí!
Mauricio alzó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre; la voz le salió áspera:
—Sé que me equivoqué. Solo quiero compensarlo.
Rebeca soltó una carcajada amarga y le señaló con el dedo:
—¿Compensarlo con qué? ¿Con tu dinero?
—¿Crees que las piernas de Elisa van a curarse porque tú te arrodilles?
—¿Crees que todo el sufrimiento q

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