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Capítulo 1

Cuando Elisa Navarro cumplió dieciséis años, su padre murió en un accidente automovilístico. Siete días después, su madre, Rebeca, se volvió a casar y la llevó a vivir con Santiago Delgado. Elisa sentía un profundo desprecio por la nueva vida de Rebeca y tampoco soportaba a su hermanastro, Mauricio Delgado. Él solía vestir camisas blancas, con los botones abrochados justo hasta debajo de la nuez de Adán. Era callado, excesivamente tranquilo. La primera vez que Elisa conoció a ese buen chico que Rebeca tanto elogiaba, su impulso destructivo se encendió de inmediato. Provocar a Mauricio pronto se convirtió en su pasatiempo favorito dentro de aquella villa. Le aflojaba la corbata, pisoteaba sus zapatillas blancas dejándoles marcas, y pegaba chicle en la primera página de sus libros de texto. La vez más extrema fue cuando Elisa lo sujetó y lo obligó a escuchar a Santiago y Rebeca teniendo sexo. Al ver cómo, entre los jadeos, las orejas de Mauricio se enrojecían, ella se acercó y le susurró: —¿Sabes lo que están haciendo? Mauricio le apartó la mano de un tirón. Su pecho subía y bajaba con fuerza; en sus ojos se arremolinaban la vergüenza y la ira. Elisa sonrió como una zorra que acaba de salirse con la suya. Durante los seis años siguientes fue cada vez más lejos, desafiando su límite de todas las formas posibles. Y Mauricio siempre guardó silencio. Solo en su mirada se iba acumulando una oscuridad que ella no lograba comprender. La noche de su graduación universitaria, Elisa regresó a casa ebria y acorraló a Mauricio en la escalera, guiando su mano hasta su cintura: —¿Ni siquiera esto sabes hacerlo sin que te lo enseñe? Encendió un fuego imposible de contener; desde entonces, los rincones vacíos de la casa se volvieron un territorio prohibido. Aprendieron a besarse sin aire, a morder el lóbulo cuando el deseo estallaba, a descubrir los interruptores secretos del cuerpo... Al tocar sus músculos tensos, Elisa disfrutaba del control de quien está por encima. Mauricio pasó de la rigidez y la torpeza iniciales a una destreza cada vez mayor. Una noche de lluvia, fue él quien terminó aprisionando a Elisa bajo su cuerpo. Su nariz rozó su cuello y, con la voz ronca, le dijo: —Ahora me toca a mí enseñarte. En ese instante, Elisa sintió un estremecimiento cargado de excitación y una satisfacción absoluta. El lobezno que ella había criado con sus propias manos por fin había mostrado los colmillos. Se dejó hundir en esa sensación, convencida de que aquel juego peligroso continuaría para siempre. Hasta que un día recibió un correo del ballet de San Francisco, invitándola a convertirse en bailarina solista. Era la oportunidad soñada durante años: romper con Rebeca y avanzar hacia una libertad total. Pero pensó en Mauricio. Aquella relación torcida y ardiente que los unía era lo único real que había tenido en su juventud gris. Incluso había comprado en secreto un par de anillos, dispuesta a apostar su propio futuro. Al volver la vista al correo, el corazón de Elisa quedó atrapado en una lucha interna. Justo cuando, inquieta, estaba a punto de buscar a Mauricio para hablarlo todo con él, la pantalla de su celular se iluminó de repente. Era un número desconocido. Había enviado un video. Reprimiendo la inquietud, Elisa lo reprodujo. La cámara estaba escondida en algún rincón del estudio. La imagen era oscura, pero nítida. Mauricio estaba sentado en un sillón. En sus brazos había una chica con un vestido blanco. Elisa la reconoció: se llamaba Patricia, una practicante de la empresa de Mauricio. La mano de él descansaba sobre su cintura, justo en el mismo lugar que Elisa, borracha, le había pedido que tocara aquella vez. Con una ligera curva en los labios, Mauricio dijo unas palabras que Elisa conocía demasiado bien: —¿Ni siquiera esto sabes hacerlo sin que te lo enseñe? El rostro de Patricia se sonrojó. Su cuerpo temblaba, envuelto en una fragilidad tímida. El video continuó. La ropa de ambos cayó al suelo y los jadeos se hicieron cada vez más intensos. Mauricio guiaba a Patricia del mismo modo en que, en su momento, Elisa le había enseñado a él a explorar el cuerpo y el placer. Al ver los cuerpos entrelazados en la pantalla, la mente de Elisa se vació y la sangre se le heló. El celular se le resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Un frío le recorrió las extremidades hasta calarle los huesos. Mauricio estaba replicando todo: las tácticas, las intimidades más reales que habían sido solo de ellos, ahora entregadas a otra mujer. Elisa se apoyó en el borde de la mesa y vomitó con arcadas secas. Recogió el celular y fue directamente al despacho de Mauricio. Mauricio estaba trabajando. Al oírla entrar, frunció el ceño con evidente fastidio. Elisa le plantó el celular frente al rostro y reprodujo ese video. Hasta que el video terminó, en el rostro de Mauricio no apareció ni rastro de pánico por haber sido descubierto. La miró con calma; incluso curvó ligeramente los labios. —Después de todos estos años, ¿qué te parece lo que he aprendido? ¿Estás satisfecha? La voz de Elisa temblaba de rabia y conmoción: —¿Por qué hiciste esto? Mauricio soltó una risa baja y se puso de pie, observando su ira con desinterés, casi con deleite: —Llevamos jugando tanto tiempo que pensé que había un entendimiento tácito entre nosotros. Pero ahora veo que de verdad creíste que estábamos hablando de amor. De pronto dio un paso al frente. La misma mano que antes había recorrido su cuerpo se enredó en su cabello; bajó la voz, con una cercanía ambigua y un susurro casi demoníaco: —Siempre disfrutaste ser la cazadora. ¿Nunca pensaste que tú también eras solo una presa, manipulada por otros? —Y además, una presa bastante barata. Bastó un poco de provocación para que mordieras el anzuelo. La mente de Elisa explotó. Lo miró, incapaz de creer lo que oía. Al principio fue solo un juego, pero con los años los recuerdos la arrastraron sin piedad. Mauricio masajeándole con cuidado los tobillos hinchados después de ensayar danza. Preparándole torpemente el almuerzo. Ella encendiendo su deseo, y él susurrándole palabras de amor al oído cuando la pasión los desbordaba... A veces, ni siquiera Elisa sabía distinguir si todo había sido una burla, o si hubo sentimientos reales. Hasta que, sin darse cuenta, terminó hundiéndose por completo en esa relación secreta, nunca declarada. Incluso había llegado a pensar, en que aquello durara para siempre. Cerró los ojos, se decidió, y habló: —Después de tantos años, ¿no sentiste ni un poco de sinceridad? La mirada de Mauricio se detuvo un instante. Como si oyera un chiste, su expresión se volvió más sombría y fría. —¿Tu madre, esa que fue la tercera en discordia, tuvo alguna vez sinceridad? Cuando pisoteó a mi madre y la llevó a una muerte miserable, jamás imaginó que un día tú estarías aquí, suplicándome por una ridícula sinceridad. —Elisa, yo ya me gradué. Pero tú, estás todavía muy lejos. Aquellos sentimientos ambiguos habían sido una trampa, tejida con odio desde el principio. El mundo de Elisa se vino abajo. Una humillación insoportable la atravesó, dejándola helada de pies a cabeza. Apretando los dientes, aferrándose a la última pizca de orgullo, lo miró fijamente: —¿No te da miedo que haga público ese video y te destruya por completo? Apenas terminó de hablar, la sonrisa de Mauricio se congeló. Sus ojos se oscurecieron peligrosamente: —Puedes intentarlo. —Te garantizo que tu sueño de bailar, y la vida de lujo que tu madre logró trepar con tanto esfuerzo se harán añicos. Como si hubiera agotado toda su paciencia, se dio la vuelta y se marchó. Su salida confirmó que todo había sido una humillación autoimpuesta por Elisa. Conteniendo las lágrimas que se acumulaban en sus ojos, levantó el celular y marcó un número: —Hola. Acepto la invitación del ballet. —Pero tengo una condición más...
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