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Capítulo 22

Años después, en un pequeño pueblo famoso por su arte y su serenidad. El estudio de Elisa se alzaba junto a una callecita atravesada por un arroyo. La luz del sol entraba a raudales por los amplios ventanales y se derramaba sobre el suelo. El aire estaba impregnado de olor a resina y a sol. Varios niños de siete u ocho años seguían una música suave, imitando el vuelo de pequeños pájaros. Elisa, vestida con un sencillo vestido largo, se encontraba en el centro de la sala. A su lado descansaba un andador plateado. Tras una rehabilitación larga y cruel, sus piernas no recuperaron la movilidad de antes. El daño neurológico dejó secuelas permanentes, pero ahora podía apoyarse en el andador, ponerse de pie brevemente y caminar despacio. Cada paso iba acompañado de temblores y esfuerzo, pero cada uno se posaba con firmeza sobre el suelo. Ya no necesitaba una silla de ruedas, ni cubrirse las piernas con una manta. Bajo el vestido, a veces se dejaban ver las cicatrices en los tobillos, marcas d
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