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Capítulo 1

Jacqueline Chávez, después de renacer, era como una persona diferente. Ya no se levantaba antes del amanecer para preparar el desayuno para Augusto Torres, calcular los tiempos, ponerlo en un recipiente y llevarlo hasta la sede del grupo, solo para que él pudiera probar el sabor de la comida casera. Tampoco volvía todas las tardes al jardín infantil a recoger a su hijo, mientras lo escuchaba contar sobre las canciones que había aprendido ese día. Ni siquiera cuando su hijo tuvo un accidente y fue ingresado al hospital le importaron las múltiples llamadas de Augusto. No fue la número treinta y ocho que contestó, con toda la calma del mundo. La voz de Augusto, que al principio sonaba ansiosa, estaba cargada de ira. —Víctor tuvo un accidente. ¿Lo sabías? Jacqueline, tenía la mirada fija en los documentos frente a ella y respondió con una voz plana e indiferente: —Lo sé. ¿No me llamaste ya muchas de veces? La frialdad en su tono lo dejó sin palabras. Entonces, la rabia le subió de golpe. —¿¡Y si ya lo sabes, por qué no has venido!? ¡Víctor tiene fracturada la pierna, está asustado, necesita a su mamá a su lado! ¿Sabes cómo está llorando? ¡Se quedó sin voz, no deja de llamar a su mamá! Ella guardó silencio un segundo y luego pasó la página de su libro con un leve movimiento de dedos. —Déjalo hasta que se calme. Los niños tienen que aprender a enfrentarse a esas cosas solos. Estoy revisando unos documentos. —¡Jacqueline! —gritó. Ella colgó sin más y, con la misma naturalidad, apagó el celular. Esa noche, Augusto regresó a casa cargando un aire helado. Jacqueline estaba inmersa entre montones de documentos y borradores, tan concentrada que ni siquiera notó su llegada. Una mezcla de frustración contenida por días y una rabia inexplicable lo desbordaron de golpe, acabando con su autocontrol. Avanzó a grandes pasos, tomó el documento más grueso de la mesa y lo lanzó con fuerza al suelo. —¡Jacqueline! —Su voz sonó helada, como si estuviera hecha de hielo—. ¡Víctor sigue en el hospital! ¿Y tú estás aquí haciendo nada? El estruendo hizo que ella levantara la cabeza y lo mirara. Él era un hombre de imponente presencia. Su uniforme militar realzaba sus hombros anchos y su cintura estrecha. Estaba de pie, con una postura recta, emanando una nobleza innata y esa firmeza característica de un soldado. Si eso hubiera ocurrido en su vida pasada, Jacqueline ya estaría nerviosa bajo su mirada, sin saber qué hacer, deseando consolarlo. Pero, ya no sentía la más mínima agitación. Se agachó con calma para recoger el documento. —¡No lo recojas! —Le gritó con furia y ¡le dio una patada al documento!, lanzándolo hacia la chimenea encendida en la esquina. —¡Documentos, documentos, solo piensas en esos documentos! Sé que estás preparándote para entrar al Instituto de Física; es tu sueño, y nunca dije que no te apoyo. ¡Pero sabes que ahora el instituto está de reforma! ¡Entrar significa participar en un proyecto ultrasecreto, que puede durar tres años como poco o... diez! ¡Incluso más! —Dime, ¿qué piensas hacer con la familia? ¿Qué pasará con Víctor? ¡Solo tiene cuatro años! ¡Hoy salió corriendo y tuvo un accidente porque tú, como mamá, no lo cuidaste bien, por estar todo el día metida en esos papeles! Jacqueline se levantó y enfrentó su mirada llena de furia y a sus ojos fríos. —¿Y entonces? —preguntó en voz baja. —¿Y entonces? —Augusto estaba tan molesto por su actitud indiferente que las venas de sus sienes palpitaban—. Te doy dos opciones. La primera: renuncias al instituto y te quedas en casa cuidando de Víctor, cumpliendo tu papel de esposa y mamá. La segunda... Se detuvo un segundo, la miró directo a los ojos y pronunció esa palabra con claridad y frialdad. —Divorcio. Divorcio. Jacqueline lo miró en silencio, observando a ese hombre al que había amado toda su vida pasada y quien también arruinó toda su existencia. Un joven oficial prometedor, apuesto y con una carrera militar brillante. Era el objeto de admiración de incontables militares, soldados y esposas de militares que vivían en las residencias del cuartel. En su vida pasada, ella también fue una de ellas. Desde la primera vez que vio a Augusto, su corazón se aceleró y, desde entonces, él llenó todos sus pensamientos. Se volvió humilde hasta el extremo. Pero, al mirarlo, en su corazón solo quedaba la indiferencia. —Entiendo —dijo con suavidad—. Tranquilo, tomaré... la decisión correcta. ¡A Augusto se le tensó el pecho de golpe! Ese tono tranquilo y la mirada con la que lo dijo le provocaron un temor inexplicable. Por un instante, creyó que ella diría la palabra "divorcio". Pero enseguida pensó que eso era imposible. Sabía mejor que nadie cuánto lo amaba, cuánto amaba a Víctor y cuánto amaba a esa familia. Desde que el departamento de organización los presentó, los ojos de Jacqueline brillaban. Después del matrimonio, ella lo cuidó con esmero y ternura. También adoraba a Víctor. Por esa familia, incluso renunció a su trabajo, quedándose en casa para cuidar del hogar. Cualquiera podría divorciarse, menos ella. Lo amaba tanto... que había perdido su identidad. Estaba convencido de que su actitud firme había surtido efecto. Iba a abandonar lo del Instituto y regresar a su papel en el hogar. Al pensar en eso, Augusto aflojó la tensión de su pecho y su tono también se suavizó un poco. —Ya que lo entiendes, deja de mirar esas cosas. Mi salario es suficiente para mantener esta casa y para que tú vivas sin preocuparte por nada. El instituto no es un lugar para ti. Se frotó la frente, algo cansado. —Voy a darme una ducha. Mañana temprano, iremos juntos a ver a Víctor. Dicho esto, se quitó la chaqueta del uniforme y la colgó sobre el respaldo de una silla, dándose la vuelta para entrar al baño. La chaqueta resbaló hasta el suelo y desde el bolsillo interior cayó una pequeña foto en blanco y negro. Ella se agachó para recogerla. En la foto aparecía una joven hermosa, con dos trenzas y una sonrisa encantadora. Era Daniela Rojas. El borde de la foto estaba algo desgastado, señal evidente de que había sido tocada y admirada con frecuencia. El semblante de Augusto cambió. Dio unos pasos apresurados hacia ella y le quitó la foto de un tirón, con un movimiento tan rápido que parecía nervioso. —Esto es... hace poco Daniela me pidió que le revelara unas fotos. Se me olvidó dárselas, la puse en el bolsillo sin pensar. Esa mentira era tan torpe que resultaba ridícula. Las fotos reveladas siempre se entregaban en tandas, no una sola. Y sin embargo, él la llevaba guardada con tanto cuidado, como si fuera un tesoro. En cuanto dijo esas palabras, Augusto notó lo mal que sonaban y una expresión de fastidio cruzó por su cara. Abrió la boca, queriendo explicar algo más. Pero Jacqueline ya se había dado vuelta, con calma. —Lo sé. No he dicho nada. Anda, ve a ducharte. Augusto se quedó pasmado, mirando su perfil tan sereno y esa inquietud que acababa de reprimir volvió a emerger. "¿Cómo era posible que... no le importara en lo más mínimo?" "Eso no era propio de ella". —Jacqueline. —No pudo evitar añadir, con la voz algo seca—. Daniela y yo... eso se acabó hace mucho. No pienses mal. —No estoy pensando nada. —Ella le dio la espalda y empezó a recoger los papeles de la mesa. Augusto la observó, mientras ella continuaba sin mostrar perturbación. Esa pequeña inquietud en su corazón se fue expandiendo, pero no sabía con exactitud qué era lo que le parecía fuera de lugar. Al final, no le quedó más que regresar al baño, lleno de dudas. En ese momento, sonó el teléfono en la sala. Jacqueline se acercó y contestó el teléfono. —¿Aló, la señorita Jacqueline? Le habla el Instituto Nacional de Física. —De escuchó una voz seria, con un toque de emoción—. Tras varias rondas de selección y la evaluación final, nos complace informarle que ha sido aceptada para unirse al "Proyecto Llama Roja". ¡Felicitaciones!
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