Capítulo 1
María García era una belleza deslumbrante y una auténtica hechicera seductora, famosa en su círculo.
Se decía que le bastaba con mover un dedo para embelesar a innumerables hombres, aun cuando ella desdeñaba siquiera concederles una mínima mirada.
Hasta que, en un accidente, alguien la drogó; con pasos tambaleantes, fue a estrellarse contra el pecho de Alejandro Fernández.
Alejandro, el nuevo magnate del mundo empresarial, era sinónimo de frialdad aristocrática, aplomo y decisión; por más que incontables bellezas lo intentaran con todos sus recursos, no lograban siquiera rozar el borde de su chaqueta.
Cuando alzó la mirada y reconoció a quien tenía delante, María esbozó una sonrisa amarga e impotente, sin resignarse a que su primera vez fuera a caer en manos de ese iceberg incapaz de entender el romance.
Pero, para su sorpresa, Alejandro solo la observó en silencio durante un buen rato y, acto seguido, con el semblante impasible, la entregó al médico para que le hiciera una revisión.
—Cuando despierte, envíenla directamente de regreso a la familia García.
El efecto del fármaco aún no se había disipado, pero María sintió un frío súbito en el corazón.
Entrecerró los ojos con esfuerzo hacia el hombre de entrecejo fruncido y, para colmo, alcanzó a captar en su mirada una pizca de impaciencia.
¿Impaciencia?
María alzó una ceja: era la primera vez en su vida que alguien la rechazaba.
En un instante, una frustración indescriptible y un afán competitivo se enredaron en ella.
Desde entonces, recordó por completo a ese hombre llamado Alejandro: noventa y nueve veces se le insinuó por iniciativa propia, solo para conseguirlo.
La primera vez, se hizo la dulce y coqueta, y se acercó a propósito; él, en cambio, mostró desgana y frialdad por completo en su mirada.
La segunda vez, lo miró con rectitud, y a escondidas deslizó las manos por su cintura; él permaneció imperturbable, sin dejar entrever la menor emoción.
La tercera vez, se puso la ropa más sexy y lo visitó a medianoche; con los ojos brillantes, lo miró sin apartarse un segundo, pero él la devolvió tal cual, sin alterarla en nada.
…
Noventa y nueve ofensivas, noventa y nueve derrotas al regresar.
Por fin, la frialdad de Alejandro la dejó sin aliento; lo odiaba por ser un hombre tan frío.
Pero aquella noche, de manera inesperada, María recibió por Alejandro un disparo de un enemigo.
A la mañana siguiente, él fue a buscar a la familia García y, con el pretexto de pagarle el favor, pidió su mano de forma ostentosa.
María se mostró altiva por fuera, pero por dentro el corazón le latió sin tregua.
Desde hacía tiempo, entre una y otra burla provocadora, ella se había enamorado de verdad.
Tras la boda, aquel Alejandro antes tan distante pareció ser bajado de su pedestal: la seductora que solía jugar con el mundo le había trastornado la razón.
Ella causaba problemas; él limpiaba el escenario.
Ella mataba; él le pasaba el cuchillo.
Ella envenenaba; él probaba el veneno.
No importaba cuánto se excediera María haciendo estragos, Alejandro siempre se colocaba sin dudar a su espalda y, con la mirada imperturbable, lo arreglaba todo.
Esta vez, María irrumpió sin previo aviso en la sala de reuniones y, señalando con el dedo la nariz de un socio, dio órdenes con arrogancia.
—Alejandro, no me gusta él. No puedes colaborar con él.
Con una sola frase, Alejandro ni siquiera preguntó el motivo; ordenó directamente a sus subordinados que echaran a la calle al socio de gesto sombrío, junto con un contrato valorado en catorce millones de dólares.
En la sala de reuniones solo quedaron ellos dos. Los labios rojos de María se curvaron levemente, y en su voz había una provocación burlona.
—Alejandro, ¿no vas a preguntarme por qué?
Pero en los ojos de Alejandro no hubo ni una sola ondulación.
—No te gusta. Esa es la razón.
Por un momento, María no supo qué decir.
¿Debía alegrarse por su parcialidad sin pedir explicaciones, o enfadarse por su indiferencia?
—Alejandro, ¿sabes o no sabes que ese hombre fue enviado por nuestros rivales para tenderte una trampa? ¡Si colaboras con él, te venderán y ni te enterarás!
—Ajá.
—¡Tú! ¿No temes que te esté mintiendo y que, a propósito, eche a perder la colaboración para perjudicarte?
Al ver su semblante frío, como si nada le importara, María estuvo a punto de estallar de rabia.
Él la miró así, con calma, como si estuviera diciendo.
—Todo lo que digas, lo escucho.
Pero el corazón de María se sentía oprimido.
La mirada de Alejandro era demasiado profunda; no lograba verla con claridad y la hacía sentirlo infinitamente lejano e inalcanzable.
Todos decían que María, apoyándose en una deuda de gratitud por haberle salvado la vida, había conquistado por completo a Alejandro.
En su corazón, nadie podía compararse con ella.
Pero María sentía que Alejandro no la amaba tanto.
Casi nunca tomaba la iniciativa de hacer esas cosas con ella, aunque aquella vez, borracho, había gritado Marí con abandono, una y otra vez.
Había sido secuestrada muchas veces por los enemigos de él, pero cada vez que Alejandro aparecía, ella siempre lograba captar en el fondo de sus ojos un sutil alivio.
María no lo comprendía, pero no le importaba.
Lo que quería, lo que estaba dispuesta a aceptar, podía esperarlo todo.