Capítulo 6
En los días siguientes, Carlos canceló todos sus compromisos y se quedó personalmente en el hospital para acompañarla.
Ordenó que en casa prepararan comida ligera y nutritiva para enviarla.
Cuando le cambiaban las curaciones, se quedaba a su lado, sosteniéndole la mano y pidiéndole que aguantara un poco.
Por la noche, si ella se movía apenas, él se despertaba de inmediato para preguntarle si le dolía.
Pero al mirarle el rostro, Mariana siempre recordaba aquella frase que había escuchado esa noche.
Carlos alzó la cabeza y sonrió: —¿Por qué me miras tanto? ¿Descubriste de repente que soy muy guapo?
Mariana apartó la vista, con voz neutra: —Estoy un poco cansada.
—Entonces duerme un rato más. —Le acomodó la manta con naturalidad.
El día que le dieron el alta y regresaron a casa, Carlos la sentó en el sofá y dijo, como si nada:
—Tengo algo urgente que hacer. Salgo un momento.
Mariana vio el nombre de Camila en la pantalla de su celular. No dijo nada.
La puerta volvió a cerrarse.
Ella se puso de pie y recorrió la casa con la mirada.
Había decorado cada mañana y cada atardecer: alfombras suaves, flores frescas en los alféizares.
Había creído que ese lugar sería su hogar, que con los años se llenaría de vida y de recuerdos.
Pero ahora entendía que todo ese calor que había atesorado no era más que un autoengaño.
Subió al vestidor, sacó la maleta que llevaba tiempo preparada y empezó a empacar.
En los cajones aún quedaban algunos recuerdos.
Entradas de cine, pulseras de parques de diversiones, boletos de estacionamiento del circuito de carreras...
En su momento, ella se los había mostrado con ilusión: —Guardo todo esto. Cuando seamos viejos y lo miremos, sabremos lo felices que fuimos.
Ahora, Mariana los metió todos en una caja de cartón.
Cuando terminó de guardar la última cosa, cerró la maleta y soltó un suspiro.
En ese instante, el celular vibró y la pantalla se encendió.
[Jairo: Dentro de siete días, a las diez de la mañana, iré por ti.]
Mariana leyó el mensaje e imaginó el gesto serio de Jairo al escribirlo.
Era un hombre metódico, rígido.
Desde el día en que confirmaron el acuerdo, cada pocos días enviaba un recordatorio, temeroso de que ella se arrepintiera.
Curvó ligeramente los labios y respondió: [De acuerdo.]
Apenas envió el mensaje, unos brazos la rodearon por detrás.
—¿Por qué sonríes tan feliz mirando el celular? —La voz de Carlos sonó junto a su oído.
—¿Qué estás viendo? Déjame mirar también.
Mariana apagó la pantalla de inmediato y giró la cabeza para esquivar su aliento: —Nada. Spam.
Carlos soltó una risa baja y no insistió. Apoyó la barbilla en su cabello: —Vaya, resulta que también tienes pequeños secretos.
Su tono era juguetón, pero al segundo siguiente su mirada recorrió la habitación y la sonrisa se le congeló.
La mitad del vestidor estaba vacía; en el tocador faltaban los objetos diarios. En el suelo, una caja de cartón con cosas sueltas.
Las reconoció: eran recuerdos de ese año, cosas que él le había dado sin pensar o que habían dejado juntos.
—¿Qué pasa aquí? —Carlos tomó el boleto de estacionamiento del circuito, arrugado.
Cuando volvió a mirarla, la sonrisa regresó a su rostro.
—¿Ordenaste todo tan limpio porque piensas huir llevándote toda mi fortuna?
—¿Y si de verdad me fuera?
Carlos se acercó y la observó con atención, bajando la mirada para estudiar su expresión.
Mariana lo dejó mirar, con una leve sonrisa en los labios.
Tras unos segundos, él le pellizcó suavemente la mejilla: —No lo harías.
Su tono era despreocupado, como si afirmara algo evidente: —¿A dónde irías sin mí? ¿No será que piensas volver a la Casa Mireles?
—Te gusto tanto, ¿cómo ibas a irte?
Mariana no respondió. Él sabía bien cuánto lo amaba; sabía que ella no tenía a nadie más.
Por eso podía estar tan tranquilo, tan seguro de sí mismo.
—Ya está, no hablemos de cosas imposibles.
—Esta noche acompáñame a una subasta. Arréglate, salimos a las siete. —Carlos la soltó y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo y señaló la caja de cartón.
—No hace falta ordenar todo con tanta prisa. La casa es grande; una caja no ocupa nada.
Mariana sonrió: —Está bien.
Cuando su figura desapareció por el pasillo, la sonrisa de ella se desvaneció.
Le dijo en voz baja a la empleada de limpieza:
—Hay una caja en el vestidor. Encárguese de lo que hay dentro. Tírelo o véndalo, como quiera.