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Capítulo 3

Después de insistir y presentar mi renuncia a mi jefe, regresé a mi puesto para entregar el trabajo que me quedaba por finalizar. Leticia, la compañera con la que haría la entrega, solía llevarse bien conmigo y, al enterarse de la noticia, se mostró algo renuente a despedirse. —¿De verdad te vas, Bianca? —¡Entonces tendré que ver todos los días a esos dos idiotas presumiendo su amor frente a todos! Seguí su mirada. Manuel le estaba explicando un caso a Adriana. Ella parecía algo disgustada, como si Manuel la hubiera reprendido levemente, pero él, para consolarla, sacó de no sé dónde una pulsera de lujo. Adriana se la puso encantada, con una sonrisa de oreja a oreja. Luego fue que se cruzó con mi mirada y, presa del pánico, se levantó apresuradamente. —¡Bianca, no hay nada entre Manuel y yo! ¡Esta pulsera es algo común y corriente! Apenas lo dijo, todas las miradas en la oficina comenzaron a alternarse entre ella y yo. Durante los cinco años de relación, Manuel nunca me regaló nada de valor, y ellos, al igual que Manuel, pensaban que yo venía del campo y que no conocía las marcas de lujo. Todos creían que daba lástima. Incluso Leticia, que estaba a mi lado, se indignó por mí. —¡Y eso que todavía son novios! ¡Te están tratando como a una tonta! Le tomé la mano y sacudí la cabeza, indicándole que no se alterara ni causara una pelea. Luego volví a mirar a Adriana. —La pulsera es muy bonita. Te queda muy bien. Adriana, al no ver en mí una reacción de enojo, insistió con algo de frustración. —Bianca, de verdad es solo una pulsera común. No te enojes. No entendía por qué decía eso. Enojarme no tenía sentido, pulseras como esa tenía muchas, solo que todas estaban en mi casa en Venturis. Manuel, al oírme, se puso de pie con la frente arrugada y me reprendió. —Bianca, no seas irracional. Suspiré profundamente y negué con la cabeza, una y otra vez. —De verdad no estoy enojada. Ustedes deberían dejar de suponer cosas sobre mí. Hablé con un tono tranquilo, lo que tomó por sorpresa a Manuel. Luego soltó un resoplido. —Más te vale que así sea. Acto seguido, jaló a Adriana para que se sentara con él. Leticia no pudo evitar preguntarme: —¿De verdad vas a dejarlos así nada más? Mientras organizaba mis documentos, me encogí de hombros. —Sí. Ya he terminado con él. Fue una ruptura unilateral. Habíamos intentado casarnos cincuenta y dos veces, sin éxito en ninguna. Yo también estaba cansada. Al terminar el día, Manuel se acercó a ayudarme a recoger mis cosas, algo poco común en él. —Vámonos. Hice una reservación en Rosa del Viento a las ocho. Si salimos ahora, llegamos a tiempo. Entonces su mirada se posó en mi muñeca vacía y, con una expresión de desconcierto y cierta ansiedad, me preguntó: —¿Y la pulsera que te regalé? —Temía romperla, así que la dejé en casa. Claramente se sintió aliviado y me sonrió. —Antes la usabas todos los días. ¿Por qué ahora sí te preocupa conservarla? Aún no decidía qué mentira decir cuando vi a Adriana correr hacia nosotros y detenerse a nuestro lado. —¡Manuel, ya terminé de empacar! Él desvió de inmediato la atención hacia ella y asintió, indicándole que lo esperara en el auto. Vi cómo Adriana se dirigía al asiento del copiloto y se sentaba allí a esperar. En cinco años de relación, nunca me permitió sentarme en ese asiento. Decía que estaba reservado para la futura señora de la casa y que solo cuando nos casáramos me correspondería. Al cruzar miradas con la de Adriana, que ahora tenía un aire de desafío, bajé la mirada sin responder. Ya no sentía absolutamente nada en mi interior. Una vez en el restaurante, Manuel y Adriana se sentaron del mismo lado de la mesa y pidieron la comida sin consultarme. Yo lo agradecí. Con el codo apoyado en la mesa, miré el paisaje por la ventana. Después de todo, a partir de mañana, sería difícil volver a verlo. Cuando sirvieron los platos, Manuel, para variar, me peló una montaña de camarones y la colocó frente a mí. —Los camarones de este restaurante están bastante bien. Levanté la mirada y me encontré con su sonrisa algo tierna. No esperaba que, incluso en este momento, aún se preocupara por mí. Adriana no pudo evitar atribuirse el mérito. —Fui yo quien se lo recomendó a Manuel. La última vez que vinimos, ¡se comió tres platos enteros! Las mejillas de Manuel se pusieron rojas de vergüenza. —No deberías contarle esas cosas a Bianca... Adriana se tapó la boca riendo y luego, con algo de pena, se dirigió a mí. —Perdón, Bianca. No quiero que esto cambie la imagen que tienes de Manuel. Ambos volvieron a reírse justo delante de mí. Miré los camarones frente a mí y, de repente, me parecieron insípidos. Contuve las náuseas, comí uno a la fuerza y luego empujé el plato lejos. —No me gustan. Cómetelos. Fue entonces que dejaron de bromear. Manuel me miró con cautela y preguntó: —¿Estás molesta? Negué con la cabeza. —No. Solo que tienen un sabor demasiado fuerte. No estoy acostumbrada. Igual que ellos. Repulsivos. Después de cenar, Manuel llevó a Adriana, que estaba borracha, de regreso a su casa, y aun así fui yo quien cerró la puerta del auto. Apenas se fueron, pedí un taxi directo al aeropuerto. En WhatsApp, Manuel aún me enviaba mensajes, planeando nuestra próxima boda. Quizá por remordimiento, esta vez se ofreció a organizarla. —No te preocupes, esta vez todo saldrá bien. ¡Nadie podrá interrumpirnos! Le respondí, inexpresiva. —Está bien. Yo sabía que no sería así. Esa boda, como todas las anteriores, acabaría cancelándose sin razón alguna. Justo cuando estaba a punto de abordar, me llegó otro mensaje suyo. —Adriana bebió mucho y le duele el estómago. Hoy no regresaré a casa. Ten cuidado. Solté una risa sarcástica. Ya me lo imaginaba. —No importa. Puedes quedarte en su casa si quieres. Ya he empacado mis cosas y me fui. A partir de ahora, no habrá nada entre nosotros. —Manuel, que no volvamos a vernos jamás. Tras enviarle ese último mensaje, lo bloqueé y eliminé su número de inmediato. Ya en el avión, observé cómo Miraflores se alejaba cada vez más, brillante como siempre. Mientras tanto, del otro lado, Manuel se había quedado completamente paralizado.

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