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Capítulo 1

Rosaura Barrera era conocida como una joven obediente y bien educada. El acto más rebelde que cometió en toda su vida fue huir justo después de enterarse de que debía casarse con el heredero de una de las familias más poderosas del país... Decidió escapar de ese matrimonio. La razón era sencilla: Ernesto Rivaldo era un hombre infiel y emocionalmente inestable. Rosaura no quería pasar el resto de su vida atada a alguien así. Pero justo cuando él fue a buscarla, ambos fueron secuestrados y llevados a un sitio clandestino donde se transmitían actos sexuales ilegales. Dentro de una jaula de hierro, la ataron de pies y manos, mientras que a él lo drogaron. Todos pensaban que una escena horrible era inevitable. Rosaura también creyó que su destino estaba sellado. Sin embargo, Ernesto le sonrió. Con voz ronca pero serena, le susurró: —No tengas miedo. No voy a hacerte daño. Y cumplió su palabra. Para mantenerse consciente, se mordió el brazo hasta desgarrar la carne y sangrar profusamente. Cuando le administraron una dosis más fuerte de droga, se golpeó la cabeza contra los barrotes con rabia. Prefería morir antes que ceder. —¡Lo siento! —Rosaura lloraba desconsolada al ver su aliento débil y su cuerpo tembloroso—. Si no me hubiera escapado, tú no estarías pasando por esto... —No es tu culpa. Él levantó la cara con esfuerzo. Era increíblemente atractivo, y en sus ojos se reflejaba una ternura infinita. —Fui un idiota. Es normal que una chica buena y pura como tú no quisiera estar conmigo. Pero me arrepiento... Si te hubiera conocido antes, solo te habría amado a ti. —Puede que ya no aguante mucho más... Pero al menos protegí tu pureza. En ese momento, Rosaura sintió algo pesado su corazón. Y de ese sentimiento, comenzó a despertar algo en su corazón. Por suerte, fueron rescatados pronto. Rosaura siguió los latidos de su corazón y se casó con él. En la boda, Ernesto le hizo una declaración apasionada: a partir de entonces, solo la amaría a ella. Después del matrimonio, no volvió a haber otra mujer a su alrededor. Le fue completamente fiel. El día que se enteró de que Rosaura estaba embarazada, Ernesto celebró enviando más de cien millones en regalos a través de la página oficial de la Corporación Dorada, permitiendo que toda la ciudad fuera testigo de su euforia. Todos pensaban que ese hombre, antes incapaz de amar sinceramente, había cambiado gracias a Rosaura, la dulce y obediente chica. Hasta el día en que Rosaura fue a una revisión prenatal. Ernesto tenía una reunión muy importante con un cliente que no podía posponer, así que fue sola al hospital. Después de la revisión, se dirigió a Corporación Dorada. Su intención era dejarle el informe de la ecografía para que, al regresar del trabajo, él pudiera ver por primera vez la cara de su hijo. Ella no se imaginaba que, en la oficina del presidente en el último piso, se escucharían voces animadas de conversación. —¿No que Ernesto es un esposo muy considerado? ¿Cómo es que prefiere presumir antes que acompañar a su esposa a un chequeo prenatal? Rosaura quedó helada. A través de la rendija de la puerta, vio a Ernesto, quien supuestamente debía estar atendiendo a un cliente, recostado con desgano en un sillón de cuero, con un cigarrillo entre los dedos y una expresión burlona. —El niño ni siquiera es mío, ¿qué tendría que hacer ahí? Uno de sus amigos soltó una carcajada sarcástica. —Si nunca te la has cogido, ¿cómo iba a quedar embarazada de ti? —Rosaura jamás imaginaría que Ernesto no tiene ningún interés en una chica obediente y aburrida como ella. La que en verdad le gusta, desde siempre, es Isabella, esa mujer brillante y desinhibida. Por eso, durante el día finge ser un esposo devoto, pero por las noches, quien se acuesta con ella es Abelardo. —Ernesto solo fingió ser un hombre infiel para espantar a todas las jóvenes aristocráticas, y así poder casarse con Isabella, su hermana... Aunque no de sangre. Lamentablemente, su familia se opuso y lo obligó a casarse por conveniencia, usando incluso la seguridad de Isabella como forma de presión... —¿Y qué hizo Ernesto? Pues aprovechó el juego. Se casó con la mujer más dócil y ejemplar de toda la élite, fingió amarla profundamente para después desenmascararla como una cualquiera embarazada de otro. Cuando la familia Rivaldo viera que ni la más pura de las mujeres podía ser fiel, entonces entenderían que los matrimonios arreglados no sirven, y tendrán que permitirle casarse con su verdadero amor, esa a quien realmente conoce. —Pero... Ernesto... —Rosaura siempre ha sido una mujer correcta. Si le cuelgan la etiqueta de infiel, ¿cómo va a seguir viviendo? Ella te ama de verdad. En cierto sentido, también es una víctima. ¿No te parece... demasiado cruel hacerle esto? A tan solo una puerta de distancia, la mente de Rosaura se quedó en blanco. Y su cara fue perdiendo el color lentamente. Jamás imaginó que el hombre al que había amado durante tres años solo se había casado con ella por otra mujer. Así que, aquella vez cuando Ernesto fue drogado y estuvo a punto de morir para protegerla... En realidad no estaba defendiendo su pureza, sino mostrando lealtad hacia otra. Rosaura sintió como su corazón se rompía poco a poco. Todo su cuerpo temblaba de dolor, con los ojos inundados de lágrimas, pero aun así no apartó la mirada de Ernesto. Se quedó ahí, firme. Aferrada a esperar una respuesta. —¿Cruel? Ernesto soltó una risa baja y exhaló un aro de humo. Su cara quedó oculta entre la neblina, imposible de distinguir con claridad. Pero cada palabra que pronunció fue nítida, golpeando con violencia el corazón de Rosaura. —Tal vez. Pero lo que ella sienta no entra en mis consideraciones. Isabella es lo único que me importa. —¡Dios mío! Ernesto, no por nada dicen que eres un hombre enamorado. ¿Y qué hay de Abelardo? Después de todo, llevas tres años teniendo sexo con Rosaura, incluso salió un hijo de eso. ¿No sientes absolutamente nada? Abelardo Galvarín, sentado en el sofá, irradiaba una frialdad distinguida y una elegancia distante. Alzó ligeramente la mirada y habló con indiferencia: —Es demasiado dócil. En la cama no tiene ningún atractivo. ¿Quién podría desarrollar sentimientos por alguien que es como una vaca muerta? Si no fuera por ayudar a Ernesto, ni aunque se me ofreciera la tocaría. En cuanto a ese niño, no es más que una herramienta para clavarla en el poste de la vergüenza. No lo voy a reconocer. Al escuchar eso, los ojos de varios amigos se iluminaron de inmediato. —Ya que ustedes no la quieren, ¿qué tal si yo pruebo cómo se siente? Después de tantas mujeres, ese tipo de chica obediente me resulta bastante interesante. —Sí, Ernesto ¿cuándo piensas echarla de la casa? Yo también quiero divertirme un poco. —Dentro de una semana. Ernesto aplastó la colilla del cigarrillo y sonrió con absoluta despreocupación. —En la fiesta por el tercer aniversario de mi matrimonio con Rosaura. Que todos vean qué clase de "buena nuera" eligió con tanto cuidado la familia Rivaldo. —Entonces, te felicitamos por cumplir tu deseo y que puedas casarte con Isabella. Entre carcajadas y burlas, Rosaura apretó con fuerza el informe de la ecografía que tenía en las manos. Las lágrimas caían en silencio, violentas e imparables. Pero pronto, se las secó. Y sonrió lentamente. Aquella sonrisa era como el renacer tras una devastación total, como la vida que brota entre los escombros después de que una tormenta arrasa con todo. Para Ernesto, ella nunca había sido más que una herramienta. Por supuesto, jamás entendería que su docilidad y corrección no eran debilidad, sino una educación grabada hasta en los huesos. Rosaura le mostraría el precio que iba pagar por haberla engañado y, por puro interés personal, haber intentado destruirla.
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