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Capítulo 3

—Fue ella. Rosaura alzó la mirada hacia Ernesto. Lo miró directamente, a ese hombre que, al enterarse de que ella había sido acosada, la abrazó con dolor una y otra vez, prometiéndole que jamás permitiría que nadie volviera a hacerle daño. Entonces, en su mente, comenzó a contar: uno, dos, tres... Y tal como lo esperaba, no pasaron ni tres segundos antes de que él eligiera defender a Isabella. —Isabella es algo impulsiva, pero no tiene malas intenciones. Seguramente la malinterpretaste. Sin dudarlo, le tomó la mano a Rosaura. —Abelardo dijo que va a organizar una fiesta para celebrar el regreso de Isabella. Ven con nosotros. Somos una familia. Ya deja atrás el pasado. Pero justo cuando abrió la puerta del copiloto, Isabella se le adelantó y se sentó, lanzando una mueca burlona hacia Rosaura. —El que llega primero, se lo queda. Si eres lenta y no puedes competir conmigo, no me eches la culpa otra vez de que te estoy acosando. Ernesto se llevó una mano a la sien, sintiendo un leve dolor de cabeza. Durante los últimos tres años, ese asiento siempre había sido exclusivo para Rosaura. Ella solía abrazarlo del brazo, con una sonrisa suave y obediente. —Quiero pasarme la vida sentada al lado de mi esposo. Estaba por decir algo para calmarla, pero Rosaura ya había abierto con tranquilidad la puerta trasera. Ya no quería a ese hombre, así que no le importaba en absoluto un asiento. Ernesto quedó ligeramente desconcertado. Aunque su docilidad y comprensión estaban dentro de lo que él esperaba, por alguna razón, sintió una punzada extraña en el pecho. Isabella lo apuró, y él dejó de pensar, encendiendo el motor. Durante todo el trayecto, Isabella se dedicó a hablar intencionadamente de recuerdos compartidos solo entre ella y Ernesto, dejando a Rosaura de lado. A ella no le importó en lo absoluto, y aprovechó para enviar un mensaje a su abogado. [Quiero divorciarme de Ernesto. Él es la parte culpable]. Lo que más dio de qué hablar en aquella boda de hace tres años fue el contrato prenupcial que Ernesto insistió en firmar. En él se estipulaba que, en caso de infidelidad, la parte culpable no tendría derecho a nada. Todos pensaron que se trataba de una garantía para Rosaura, una promesa de que él había cambiado. Pero ahora sabía que, desde el principio, él ya lo había calculado todo: cuando ella "fallara", no obtendría absolutamente nada. Ya que Ernesto fue tan despiadado con sus sentimientos, Rosaura tampoco tendría piedad. Durante su control prenatal en el hospital, grabó las indicaciones del médico y olvidó apagar la grabadora. Por una coincidencia increíble, terminó registrando las conversaciones descaradas de esas personas en la oficina. [La grabación es válida como prueba]. Su abogado respondió rápidamente al recibir el audio. [El proceso de divorcio se iniciará de inmediato. Aproximadamente en una semana estará finalizado. En ese momento, Corporación Dorada será de su propiedad]. Rosaura dejó el teléfono a un lado y exhaló profundamente. Hotel de lujo del Grupo Alba. En el salón de banquetes, Abelardo destacaba entre la multitud. Bajo su camisa de alta costura, ligeramente abierta, se asomaba un trozo de piel blanca, tan fría y deslumbrante como sus facciones. La familia Galvarín, al igual que la familia Rivaldo, era una de las más poderosas en la cúspide de la élite. Abelardo era aún más famoso por mantenerse alejado de las mujeres, siempre distante y contenido. Rosaura recordó aquellas noches de pasión, sintiendo una profunda vergüenza e incomprensión. No lograba entender por qué un hombre tan reservado y frío como él estaría dispuesto a hacer semejante "sacrificio". Hasta que vio a Isabella correr hacia él con una sonrisa. —¡Abelardo, gracias por organizar esta fiesta para mí! ¿Quién se encargó de la decoración? ¡Todo es exactamente como me gusta! —Con que te guste, basta. Abelardo la sostuvo, luego retiro la mano enseguida, conteniéndose. Sin embargo, el hielo en su mirada se vio cubierto por una ternura ardiente. —Lo decoré yo mismo. Si dejo que otros se encarguen de tus cosas, no me quedo tranquilo. El corazón de Rosaura dio un vuelco, y de pronto lo entendió todo. El hacerla quedar como la parte infiel... Tenía que ver con la felicidad de Isabella, así que él necesitaba hacerlo personalmente. Porque él también... ¡Estaba enamorado de Isabella! —¿En qué piensas? Preguntó Ernesto, ofreciéndole una copa de champán. Pero Isabella se adelantó y la tomó primero. Su mano tembló. El contenido se derramó sobre Rosaura, empapando la tela y dejando sus curvas del pecho al descubierto. —Ay... —Isabella parpadeó con falsa inocencia—. Es que me acordé de cómo siempre bromeábamos así en el pasado. Se me olvidó que ahora eres la famosa y respetada esposa de Ernesto. Qué pena haberte hecho pasar vergüenza en público, ¡perdón! Su disculpa carecía totalmente de sinceridad, en sus ojos solo había burla. Los amigos de Ernesto, que ya miraban a Rosaura con poca simpatía, comenzaron a fijar sus miradas descaradas en su pecho. Esas miradas lascivas parecían querer desnudarla por completo. Los ojos de Ernesto se oscurecieron, y enseguida pidió un chal a un camarero, colocándoselo encima. Pero al hablar, volvió a ponerse del lado de Isabella. —Rosaura, Isabella solo estaba bromeando. Ya se disculpó. Siempre has sido comprensiva, ¿por qué no dejas pasar esto y no te enojas, sí? Rosaura apretó con fuerza el borde del chal. Antes fue víctima de acoso por parte de Isabella, y ahora la humillaba otra vez en público... ¡Pero él actuaba como si estuviera ciego, sin oír, sin ver, sin hacer nada! Sabía que no debía tener expectativas, pero aun así, un dolor agudo y persistente le invadió el pecho. Los presentes comenzaron a hacer coro. —Sí, no seas aguafiestas. ¡Tómatelo con humor! ¡Venga, una sonrisa! —Está bien. Rosaura alzó la cabeza de repente, y les sonrió como tanto deseaban. —Entonces jugaré un rato con ustedes.

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