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Capítulo 5

Desde aquella noche en que salió de la finca, Rosa no volvió a darle a Francisco oportunidad alguna de hablar a solas. Incluso, con la excusa de estar ocupada con el trabajo, evitaba deliberadamente cualquier encuentro con él. Hasta que llegó una cena de negocios. El socio comercial se había fijado en la pasante que Rosa había llevado para negociar, y no importaba lo que ella dijera, insistía en que debía beber. Después de que Rosa rechazara varias copas en nombre de la pasante, el señor Eloy mostró su descontento y, aprovechando el efecto del alcohol, lanzó comentarios sarcásticos contra Rosa. —No te creas tanto solo porque te estás acostando con el señor Francisco. Estás con él desde hace años y ni siquiera tienes un título. En vez de meterte en los asuntos de otros, deberías pensar en cómo complacerlo y lograr casarte con él. —Señor Eloy, esta noche vinimos a hablar de negocios, no a discutir mi vida personal —respondió Rosa, manteniendo el mismo semblante mientras dejaba su copa sobre la mesa—. Si hoy no está interesado en tratar temas profesionales, entonces será mejor que reprogramemos la reunión. El semblante de Eloy se tornó completamente oscuro y, con un sonoro "¡Pah!", arrojó su copa contra la mesa, señalándola con el dedo. —¡Te estoy dando demasiado respeto! ¿Una mujer que ha conseguido todo gracias a un hombre cree tener derecho a hablarme así? —¡Hoy bebes quieras o no! ¡Agárrenla! Los guardaespaldas se acercaron, sujetaron a Rosa y a la pasante, y alzaron una botella de licor blanco de alta graduación para forzarlas a beber. El vidrio frío presionó contra sus labios, el fuerte olor del alcohol le invadió la nariz y el estómago se le revolvió. Pero lo que ardía no era el licor, sino una furia helada y contenida. Justo en ese instante... ¡Se escuchó un fuerte "¡bang!"! La puerta del salón privado se abrió de golpe. —Con tanto ánimo... ¿Por qué no bebes conmigo mejor? La voz de Francisco no era alta, pero bastó para que los guardaespaldas la soltaran por reflejo. La primera reacción de Rosa fue mirar a la pasante para asegurarse de que no estuviera herida. La mueca cruel en la mirada de Eloy se congeló. La mayor parte de la borrachera se le esfumó y comenzó a sudar frío por la frente. —Señor Francisco... ¿Qué hace usted aquí? Esto... Todo esto fue un malentendido. Francisco no le dirigió palabra. Caminó directamente hacia Rosa, y al ver la marca roja en su muñeca, su mirada se volvió aún más sombría. —¿Estás bien? —preguntó en voz baja. Ella negó y retiró su mano. —Estoy bien. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, algo comenzó a doler con una punzada sutil y persistente. Él la había salvado otra vez. Tal como lo había hecho muchos años atrás. Era el día de la competencia atlética universitaria. La carrera femenina de tres mil metros siempre había sido una prueba difícil de cubrir, nadie quería inscribirse. Nadie supo quién fue el primero en decirlo. —Que corra Rosa. Total, con que termine la carrera es suficiente, no importa la marca. —Sí, sí, Rosa tiene buen carácter, seguro no se va a negar. —Que sea ella, igual casi nunca participa en las actividades. En medio de esas voces y comentarios, su nombre fue anotado en la hoja de inscripción. Nadie le preguntó si quería hacerlo. A nadie le importó que estuviera enferma. Había sido así desde que era niña. Limpiar los baños, cargar libros pesados, representar al grupo en competencias aburridas que nadie quería... Las tareas más sucias y cansadas siempre se las asignaban a ella. Simplemente porque era la chica más común del salón, la que menos llamaba la atención. Y por eso mismo, sentían que no era necesario preguntarle, porque sabían que aceptaría. Ella bajó la cabeza, mirando el libro abierto sobre la mesa. Las líneas llenas de texto empezaron a tornarse borrosas. Sintió una oleada de náuseas en el estómago y el mareo se intensificó. "Ya qué, no es la primera vez. Si no puedo correrla, la camino...". Justo cuando estaba por resignarse, como tantas otras veces antes, una voz clara y juvenil se escuchó desde el fondo del aula, con un dejo de sonrisa despreocupada. —Se están esforzando bastante para que nuestro grupo gane, ¿eh? Todos giraron la cabeza. Francisco estaba apoyado de manera casual en el marco de la puerta. No se sabía cuánto tiempo llevaba allí, escuchando. Vestía un conjunto deportivo blanco, y la luz del sol que entraba por detrás delineaba su figura erguida y segura. —Qué lástima que nuestro grupo haya decidido retirarse del evento femenil de tres mil metros. —Caminó hacia adentro, su mirada se detuvo por un instante en la cara pálida de Rosa, y luego se dirigió al representante del grupo—. Pero en la categoría masculina sí tenemos a alguien inscrito. ¿Qué tal una carrera entre nosotros? El aula quedó en silencio por unos segundos, hasta que alguien gritó en tono de burla: —¿Vas a correr tú mismo, Francisco? —Sí, ¿por qué no? —Francisco sonrió con despreocupación—. De todos modos, no tengo nada mejor que hacer. Con una sola frase dicha en tono de broma, él rechazó con facilidad todos los años de sumisión de ella. En ese momento, ella levantó la cabeza y, desde casi todo el salón de distancia, miró al chico que se encontraba de pie contra la luz. Parpadeó, con los ojos irritados por un ardor repentino. "Debe de ser el sol que entra por la ventana... Si no, ¿por qué estaría viendo todo borroso?".

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