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Capítulo 100

Ella solo pudo asentir con una sonrisa en los ojos. —Sí, sí. Después de comer, Rocío se levantó para pagar la cuenta, pero le informaron que alguien ya lo había hecho por ellas. —Seguro que fue el señor Andrés. Fue demasiado amable, ¿no? Hasta nos invitó a comer. Rocío dijo: —¿Será que se sintió culpable por haberte acusado injustamente y por eso nos invita a comer como disculpa? Gisela lo pensó un momento y dijo: —Puede ser. Rocío suspiró: —Tuvimos mucha suerte, nos tocó un buen jefe. —Tú no sabes lo difícil que era tratar con el gerente del departamento de proyectos; pasaba el día entero refunfuñando, le encantaba traer sus emociones negativas al trabajo y, ante la menor contrariedad, descargaba su ira con los subordinados. Ser su subordinado era tener una suerte pésima. Después de comer, ambas pasearon un poco por los alrededores. —Ya es tarde, mañana tenemos que trabajar. Gisela, ¿dónde vives? Te llevo. Rocío era hija única; al graduarse, sus padres le habían comprado un carro. Un
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