Capítulo 10
Tres meses después, Sicilia. La iglesia.
Me acomodé el dobladillo del vestido; el traje de novia estaba bordado con intrincadas rosas.
Así, sin más, me había casado.
Eso del destino de verdad era algo mágico.
Resultó que siempre había estado enredada con la misma persona.
Este tipo, durante estos meses de convalecencia, tampoco se estuvo quieto; intentó sin cesar conquistarme como una persona normal.
Tras tanta insistencia y ruegos, acepté su propuesta de matrimonio.
La puerta se abrió y mi amiga asomó la cabeza.
—¿Nerviosa? —preguntó al entrar.
—Un poco —admití.
Me ayudó a acomodar el velo.
—Escucha —dijo con una seriedad poco habitual —el mundo de la mafia es muy complejo.
—¡Pero la forma en que te mira es de lo más profunda y apasionada!
Me dio una palmadita en el hombro. —¡Cuídalo bien!
—No digas tonterías. —Me sonrojé.
Llegó la hora.
La iglesia estaba llena de gente.
Guardaespaldas silenciosos se apostaban en cada rincón.
En el aire flotaba el olor a puros y lirios.
Silvio estaba

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