Capítulo 20
Pasaron unos días más, y María no había visto la silueta de Alejandro durante mucho tiempo.
Normalmente, solo el mayordomo le llevaba la comida a horas fijas, sin decir una palabra antes de darse la vuelta y marcharse.
Durante esos días, María intentó muchas formas de escapar.
Pero su teléfono había sido confiscado y la puerta estaba completamente cerrada con llave; solo podía desahogarse rompiendo todo lo que tuviera a su alcance.
Finalmente, Alejandro regresó.
Esta vez, hizo que los sirvientes se retiraran y, al entrar, se arrodilló.
—María.
Su voz era indescriptiblemente ronca, y todo su cuerpo estaba envuelto en un silencio mortal.
Se arrodilló frente a ella y le dijo muchas cosas, luego la obligó a ponerse el anillo de diamantes que llevaba en el bolsillo.
Sin decir nada, entró en la cocina y, con cierta torpeza, comenzó a cortar verduras y encender el fuego.
Después de un rato, sacó un plato de espaguetis, con un gesto casi suplicante de humildad.
—Feliz cumpleaños, María.
Pero M

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