Capítulo 120 Aplastarle el orgullo contra el suelo
Al escuchar eso, Doña Montoya frunció el ceño: —Beatriz, ahí sí estás equivocada. Qué poco humilde eres. Salomé, al fin y al cabo, tiene varios años más de experiencia que Camila.
Doña Rivas explicó con aparente impotencia: —No me refiero a eso. Solo pienso que, en este momento, el estado de ánimo de Salomé seguramente no es el mejor. Si Camila va ahora mismo a preguntarle cosas del trabajo, ¿no sería como echarle sal a la herida?
Doña Montoya frunció aún más el ceño, llena de dudas: —¿Echarle sal a la herida? ¿A qué te refieres con eso?
Doña Rivas abrió los ojos, fingiendo sorpresa: —¡Ay! ¿No lo sabes todavía?
Mientras hablaba, volvió la mirada hacia Salomé: —¿Ese asunto no se lo contaste a tu familia?
Salomé no dijo nada, pero su rostro ya estaba algo pálido.
Al verla así, a Doña Montoya se le encogió el corazón con un mal presentimiento.
Las cejas de Mariana se movieron apenas.
Salomé había cometido un error de diagnóstico que dejó al paciente al borde de la muerte; se trataba de un

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